Usted no sabe quién soy yo

Mi primer empleo serio, valga el oxímoron, fue de agente de handling para una gran compañía aérea en el aeropuerto de Málaga. Entré allí con veinte años siendo un joven sociable y jovial y salí cinco años después convertido en un misántropo incurable que sabía decir “fumador o no fumador« y “ventana o pasillo” en catorce idiomas y que soñaba con un empleo de informático en un iglú en la Antártida.

Los empleados atendíamos de media a unos trescientos pasajeros al día. Allí sentados en nuestros mostradores de facturación éramos los jueces atónitos de una especie de olimpiadas del cretinismo:


A continuación Leopoldo López, pasajero del vuelo 237 con destino Madrid, que llega borracho y más de media hora después del cierre de facturación, intentará un “pues que me pongan otro avión” con doble tirabuzón de “yo siempre vuelo en Business” finalizado en un “usted no sabe quién soy yo”.


—7,5

—7,6

—8,5



Y ahora Cinthya Morales, pasajera del 4130 a Londres que factura seis maletas de 40kg cada una, ejecutará un “pues a mi nunca me habían cobrado sobrepeso” con triple mortal de “vaya mierda de servicio” culminado en un combo “usted no sabe quién soy yo” / “ya verán cuando les privaticen esto, incompetentes”.


—8

—9

—7,5


Cada nuevo pasajero era un rizar el rizo, un más difícil todavía, y cuando ya creías que lo habías visto todo aparecía alguien y te rompía todos los esquemas. Como aquella señora que facturaba a París en un vuelo que se iba retrasar una hora:


—Señora, lamento informarle de que su vuelo lleva una hora de retraso.

—¿Y a qué se debe la demora?

—Mal tiempo en el aeropuerto de destino.

—¡Oiga, a mí no me cuente milongas, que yo soy esposa de médico!


Entonces te quedabas a cuadros para el resto del día, preguntándote si alguna vez llegarías a conocer el límite de la estulticia, y sobre todo cómo era posible que el mundo todavía no se hubiera ido a tomar por saco.


A veces alguien te devolvía la sonrisa, como aquel señor entrañable que un domingo de verano con la pista a reventar de aviones (“están los aviones aparcando en doble fila”, decía un compañero) se acercó a mi mostrador y me preguntó:


—Disculpe, ¿el vuelo de las tres?


Pues ni que fuera esto la parada de autobuses de mi pueblo, oiga.


—Caballero, hay muchísimos vuelos, ¿usted con qué compañía va?

—Voy con mi madre.


Ahí tuve que hacer como que me levantaba a buscar información para poder esconderme detrás de una columna a descojonarme de risa un buen rato. Después de una de éstas te quedabas de muy buen humor, hasta que aparecía el siguiente cretino a los cinco o diez minutos.


Y de vez en cuando, muy de vez en cuando, sucedía algo extraordinario.


Nunca olvidaré aquella calurosa mañana de agosto: la terminal estaba absolutamente abarrotada de gente, el aire acondicionado no funcionaba bien (tenía la camisa del uniforme empapada de sudor), había vuelos retrasados, vuelos con overbooking, la megafonía no paraba de avisar de nuevos problemas, la gente estaba totalmente histérica y sólo se oían gritos, insultos y puñetazos en los mostradores. Parecía que en cualquier momento fuese a organizarse un motín y los pasajeros fueran a destrozar toda la terminal para luego lincharnos y matarse entre ellos. En un momento dado se me cruzó la mirada con la de un señor negro de unos ochenta años que hacía cola a pocos metros de mi mostrador. Era un tipo fornido ataviado con un elegante traje azul, un sombrero a juego y uno de esos finos corbatines. Se me quedó mirando fijamente; estoy seguro de que percibió el pánico que yo trataba de ocultar. De pronto me sonrió, se quitó el sombrero, lo apoyó en su pecho, levantó la otra mano hacia el cielo, y con una voz grave y profunda se arrancó a cantar:


—OH, WHAT A BEAUTIFUL MORNING… OH, WHAT A BEAUTIFUL DAY…


Aquel incontenible torrente de voz negra se elevó por encima del griterío e inundó la terminal como un sol radiante al que nada podía hacer sombra. Todo el mundo paró en seco. Cientos de cabezas se giraron simultáneamente hacia aquel señor.


—I’VE GOT A WONDERFUL FEELING… EVERYTHING’S GOING MY WAY…


Entonces se hizo el más absoluto de los silencios. Yo me quedé atónito. Se me erizaron todos los pelos del cuerpo y noté como una especie de nudo angustioso se deshacía en mi interior.


El señor terminó su estrofa:


—OH, WHAT A BEAUTIFUL MORNING… OH, WHAT A BEAUTIFUL DAY!


Volvió a ponerse su sombrero y me sonrió de nuevo. Miró a su alrededor y nos sonrió a todos. Luego, el silencio.


Me di cuenta de que tenía lágrimas corriéndome por las mejillas. Acababa de presenciar un milagro; una sola persona había apaciguado a otras mil, cuando ya parecía que no había vuelta atrás. La gente fue volviendo sosegadamente a sus cosas sin hacer ni un ruido; parecía que nadie quisiera perturbar aquella paz.


Aquel hombre se perdió entre la multitud. Yo me sequé las lágrimas con el puño de la camisa del uniforme y volví a mi trabajo. Ya no dejé de sonreír en todo el día.


Nunca supe quién era él. En fin, era sólo una persona, ni más ni menos. Una persona en un tiempo en que las personas escasean; una persona que me hizo ver que si el mundo todavía no se ha ido a tomar por saco es porque de vez en cuando, muy de vez en cuando, un alma grande se eleva por encima del ruido y de la histeria, y a golpe de talento y amor por la vida, es capaz de sacarnos de nuestra propia miseria, devolvernos la cordura y reconciliarnos con el mundo.


Señor del traje azul, donde quiera que esté: gracias.

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