• Alfredo de Hoces

Como anillo al puro

—Adelante, pase, dígame qué le angustia.

—¿Cómo sabe que me angustia algo?

—Si no no habría usted venido a la consulta del psicoanalista. Además, a todo el mundo le angustia algo. Bueno, y está usted llorando a moco tendido.

—¡Doctor, es espantoso! ¡Algo terrible va a pasar! ¡Por el amor de dios, ayúdeme, se lo suplico!


Vaya, éste no ha esperado ni a tumbarse en el sofá para derrumbarse.


—¿Qué le hace pensar que va a pasar algo malo?

—Son mis sueños, doctor. Sueño cada noche con una horrible amenaza que se cierne sobre el mundo. No puedo quitarme de encima esa sensación de peligro, de caos… ¡Es el Apocalipsis!

—Entiendo. Por favor, túmbese en el sofá y relájese. Aquí está usted a salvo… Bien, cuénteme su sueño.

—Son cientos de sueños diferentes, doctor. Todos giran en torno a la misma maldición. ¡No puedo más, le juro que no puedo más! ¡Estoy harto de soportar esta pesada carga!

—Empiece por el principio, pues…


Ah, esa angustia… Apostaría mi mejor caja de puros a que se va a casar en breve. Ahora me contará que sueña con arpías y súcubos.


—Todo empezó con el sueño de la aldea. Yo era una criatura jovial y risueña, de corta estatura y pies peludos. Vivía en una tranquila aldea verde donde todo eran juegos y fiestas y nunca corríamos peligro. La vida era maravillosa, hasta que un día…

—¿Sí?

—Un día salí a pasear por el río con otro enanito risueño. Corríamos por la orilla, y luego nos tiramos al agua, y entonces… Entonces encontramos el anillo.

—¿Cómo es ese anillo? ¿Qué sensación le produce haberlo encontrado?

—Es la cosa más bella que vi jamás. Es seductor, tentador, confiere poder, placer, es como una droga. Tengo miedo, mucho miedo. ¡Jugar con el anillo no está bien! Pero no puedo resistirlo. Mi amigo y yo nos peleamos por el anillo. De pronto me vuelvo loco. Quiero el anillo, lo necesito, no me importa nada más. ¡Necesito ese anillo en mi dedo! Ataco a mi amigo, le golpeo hasta matarlo, pero no me importa. He encontrado el anillo y ya no nos separaremos nunca…

—¿Qué hace entonces?

—Me avergüenzo terriblemente, no quiero que nadie sepa lo que ha pasado. Me escondo en una cueva durante largos años, adoro el anillo, es mi tesoro… Pero me voy consumiendo, me voy volviendo loco, cada vez más feo, más horrible… Ahí acaba ese sueño.


Veamos. La aldea idílica de los enanitos bien podría representar la infancia, ese lugar donde todos estamos a salvo. El anillo atractivo y seductor evidentemente representa el ano. De hecho “anillo” es diminutivo de “ano”. El acto de introducir el dedo en el anillo, ese acto placentero y a la vez terrorífico, posiblemente haga referencia a la sodomía. Parece que el sueño alude a una experiencia homosexual a temprana edad. ¿Quizás el paciente se bañó desnudo con otro varón, y al descubrir su esfínter tuvo la irresistible tentación de penetrarlo? Posiblemente comenzaran algunos juegos sexuales que se volvieron violentos. Quizás el paciente forzó a su amigo hasta conseguir sodomizarlo, lo que en el sueño se ha transfigurado en un homicidio.


En todas las culturas modernas, la cueva siempre ha simbolizado el subconsciente; el paciente se avergonzó de la experiencia y quiso enterrarla en lo más profundo de su mente, olvidarla para siempre. Pero secretamente ha amado su oscuro objeto del deseo durante largos años, haciéndole sentirse cada vez más feo y horrible por dentro. Un oscuro secreto guardado en una cueva que ha consumido por completo su autoestima: la clásica homosexualidad reprimida.


—Es un sueño interesante, posiblemente cargado de significado. ¿Recuerda algún sueño más?

—Sí, doctor, hay muchos más. En el siguiente que recuerdo, vuelvo a estar en la aldea. Soy otro de esos enanitos peludos. Se celebra una gran fiesta, y viene un buen amigo a verme. Es un mago viejo y afable, tiene una gran barba blanca. Siempre me da buenos consejos, confío en él ciegamente.

—Ajá.

—De pronto me doy cuenta de que en un bolsillo tengo el anillo. No le doy demasiada importancia. Me lo ha regalado un tío mío; lo encontró y lo tuvo un tiempo con él. Ahora me lo ha pasado a mí.

—Bien. No se siente angustiado, entonces.

—No, hasta que mi amigo el mago me descubre jugueteando con el anillo, y entonces monta en cólera. Se enfada mucho conmigo, jamás le he visto así. No lo entiendo, yo creo que no he hecho nada malo, pero él me cuenta que el anillo fue puesto en el mundo por una criatura oscura y malévola, dueño y señor del país de fuego, para dominarnos a todos. Cada vez que se usa el anillo se confiere poder al señor oscuro; el anillo puede desencadenar la invasión de las fuerzas del mal. Entonces siento miedo, mucho miedo…


Mmm. El paciente en su primera exposición ya hizo alusión al Apocalipsis; ahora plantea la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas. El país del fuego representa obviamente el infierno, el señor oscuro es el mismísimo diablo. Parece ser que el mago de barba blanca es una especie de guía espiritual; posiblemente un cura, también su mentor o profesor. Quizás le sorprendió “jugueteando con el anillo” y le reprendió fuertemente; le hizo saber que la homosexualidad es cosa del demonio y conduce al infierno. A partir de ahí, la lucha interna del paciente adquirió tintes religiosos, entrando en conflicto con sus principios morales y plantando la semilla de la neurosis.


—Dígame, ¿es usted un hombre religioso?

—Sí, doctor, me eduqué en un colegio católico. ¿Cómo lo ha sabido?

—Las sutiles connotaciones de su relato, algunas casi imperceptibles señales de su lenguaje no verbal… El psicoanálisis es así; sorprendente. El crucifijo de oro que lleva usted al cuello también me ha dado pistas.

—Oh.

—¿Le importa que fume?

—No, en absoluto.

—Gracias. Por favor, hábleme de ese señor del fuego.

—Pues verá, es la maldad encarnada, su plan es extender las tinieblas sobre el mundo entero.

—¿Qué aspecto tiene, le recuerda a algún conocido?

—El señor oscuro no tiene forma humana; en mis sueños es una torre maligna…

—¿Una torre, dice?

—Sí, en el mismísimo centro del reino de las tinieblas se erige una torre. Es alta y gruesa; la punta es el ojo rojo del señor del mal.


Vamos, una polla. Esto ya es blanco y en botella.


—Y esa torre, ¿no le recuerda a usted nada?

—No, doctor, pero ciertamente me aterroriza… La torre es poder, dominación, seducción, corrupción… Y quiere el anillo. ¡Necesita el anillo! ¡Mi precioso anillo! Y lo que es peor, ¡el anillo tiene vida propia, y desea reunirse con la torre! ¡Yo no quiero que suceda, pero el anillo tiene sus propias intenciones!


La clásica proyección de los deseos reprimidos. El paciente no es capaz de admitir sus propios apetitos, así que culpa de ellas a un agente externo.


—Cálmese, por favor. Estoy aquí para ayudarle, no permitiré que le suceda nada malo.

—Ya, eso dice todo el mundo, pero a la hora de la verdad…

—Mm, interesante. ¿Le preocupa la traición?

—Es que verá, desde que tuve aquel otro sueño…

—Cuénteme.

—Mire, estábamos en el país de los elfos, donde todo es de oro y mármol. Los elfos son unos seres de piel blanca, sin vello pero con largas melenas, sin arrugas, muy delgados, por ellos no parece pasar el tiempo… Son bondadosos y muy poderosos, van a ayudarme a destruir el anillo maligno.


Ajá. Los ángeles. Seres puros sin rasgos distintivos de sexo ni edad. El paciente relaciona bondad y pureza con asexualidad, del mismo modo que asocia sexo con sucia maldad. Estrictos pilares de la moral católica clásica que han entrado en conflicto con el voraz apetito del paciente por las experiencias homosexuales.


—Entonces mi tío dice que tiene un regalo para mí y me hace entrar con él a un dormitorio.


Uy, que me lo veo venir…


—Su regalo es una prenda de ropa: una cota de malla. Quiere que me la pruebe allí mismo; me dice que me quite la ropa. Yo… yo confío en él. Comienzo a desvestirme.

—Y su tío intenta robarle el anillo.

—¡Sí, efectivamente, al quitarme la ropa mi anillo queda al descubierto, y mi tío se abalanza sobre él, incapaz de resistir la tentación! ¡Dice que quiere sentirlo una vez más! ¡Es espantoso, detrás de su cara de viejo bonachón, se esconde un monstruo corrupto y asqueroso! Pero doctor, ¿cómo ha podido adivinar mi sueño? ¡Esto no se lo he contado nunca a nadie!

—Mire, creo que en sus angustiosas pesadillas hay presente una clara simbología.

—¿Sí, doctor? ¿Y qué simboliza todo esto?

—Mire, este es mi anillo de casado.

—Sí…

—Ahora saco un purito de la caja…

—Ya veo.

—Imagine que este puro es la torre oscura de sus pesadillas.

—Algo se parece, sí.

—Ahora voy y lo inserto en el anillo.

—Ajá.

—¿No le dice nada?

—Err… Pues no, lo siento.

—Y si meto y saco el puro despacito, así… ¿No?

—No, lo siento…

—¿Pim, pam, pim, pam? ¿Toma y daca?

—…

—¡Toma puro para tu anillito, enanito!

—…

— ¡Sí, sí! ¡Muévete! ¡Así, asi! ¡Dime que te gusta!

—Doctor, ¿se encuentra bien?

—Creo que no se le da a usted muy bien la metáfora.

—Nunca me gusto Kafka. Dígame, doctor, ¿cómo puedo curar mis angustias?

—Pues creo que lo mejor sería una terapia de choque. La base de su ansiedad es su resistencia a cierta tentación, y de todos es sabido que la mejor manera de superar la tentación… Es caer en ella.

—¿O sea, que tengo que volver al mundo de mis sueños y dejarme llevar por los deseos del anillo? ¿Cómo lo va a hacer, mediante hipnosis?

—Err.. Bueno, más o menos. Había pensado en algo no tan metafórico. Créame, lo acabará entendiendo.

—Lo que sea, usted es el experto.

—Será en un entorno controlado, claro está. En algún lugar donde usted se sienta seguro.

—¿En mi casa?

—Su casa me parece el lugar idóneo.

—De acuerdo. ¿Esta misma noche?

—Perfecto. Necesitaremos un ambiente relajado. Música suave, quizás algo de vino…

—¿Y por qué no cenamos primero? Le voy a preparar una ensalada de esparraguitos tiernos en salsa de amapolas que va a querer chuparse los dedos…

—Suena tentador.

—¿Le gusta Franz Ferdinand? Tengo lo último.

—Sí, soy muy fan.

—¿Velas?

—Velas, por supuesto. Y ropa cómoda.

—Pues precisamente ayer compré un camisón de lino super ideal.

—Yo llevaré un batín de seda. Sin nada debajo.

—¿Y luego, doctor? ¿Luego qué?

—Luego… Luego tendrá que dejarme jugar con su anillo, señor Tolkien.

—Bueno. Pero sólo si usted me deja fumar de su puro, doctor Freud.



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