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    El fin de la violencia

    Archivado en Relatos breves por adehoces, 15 de Mayo de 2008

    “Vamos a erradicar de una vez por todas la violencia de la sociedad”, afirmaron categóricamente cuando llegaron al poder. Se creó un ministerio formado por prestigiosos sociólogos, estadistas, empresarios y psicólogos, capitaneados por el ministro de la no violencia. Enseguida se pusieron manos a la obra.

    Observaron que había una estrecha relación entre la violencia y el consumo de alcohol. Así que, consecuentemente, el alcohol se ilegalizó. “Es un sacrificio que la sociedad debe realizar: el alcohol está estrechamente vinculado a la violencia”, dijeron. El ministerio se congratuló de haber resuelto el problema la violencia y el alcohol. El índice general de violencia apenas disminuyó un 2%, pero este dato no salió en la prensa.

    Siguieron investigando y repararon en que muchos casos de violencia se daban durante o justo despues de los partidos de liga. Consecuentemente, se prohibió el fútbol. Algunas voces disidentes insinuaron que quizás estuviesen pagando justos por pecadores. “Es un sacrificio necesario: existe un estrecho vínculo entre fútbol y violencia”, replicaron. La medida fue un gran éxito: una vez hubo desaparecido el fútbol, desapareció por completo la violencia en el fútbol. El ministro se duplicó el salario.

    Pero se siguieron dando muchos casos de violencia. Se comprobó que un 75% de las personas implicadas en actos violentos tenían por costumbre ver películas de acción y jugar a videojuegos de lucha. Consecuentemente, se ilegalizaron cine y videojuegos. Hubo quien dijo que quizás se estaba incurriendo en una falacia del recíproco: a lo mejor las personas violentas tenían preferencia por la violencia en el cine o en los videojuegos. “Es un perjuicio necesario, ampliamente compensado por un bien mayor”, repondieron. Afortunadamente para la sociedad, no se volvieron a dar casos de violencia inducida por videojuegos o películas. Los presupuestos del ministerio de la no violencia se incrementaron en un 175%.

    Por alguna oscura razón, las personas seguían agrediéndose unas a otras. Se investigó, y se observó que en casi la totalidad de los casos exisitía una discusión previa a la violencia. En consecuencia, discutir se ilegalizó. “Es un pequeño sacrificio necesario para los individuos y un gran paso para la sociedad”, se dijo.

    Así que la gente trabajaba y callaba y se iba a casa, y nunca discutía, ni bebía, ni iba al cine ni al fútbol ni jugaba a videojuegos. Se sentaban en la cama y miraban al techo hasta que volvía a sonar el despertador. Pero por algún motivo, dia sí día también alguien se levantaba de su silla de oficina y sin decir nada la emprendía a golpes con un compañero. A veces dos conductores se cruzaban la mirada en un semáforo y acto seguido salían de sus coches y sin mediar palabra se rompían todos los dientes a puñetazos. Hubo un caso de un kioskero que le rompió en la cabeza a un cliente una botella de agua mineral.

    Estos casos aislados de violencia (apenas ya un escaso 97% de los existentes antes de implantarse las exitosas medidas) fueron investigados a fondo por el equipo de expertos del ministerio. Después de entrevistar a los detenidos, los psicólogos hallaron que la práctica totalidad de los implicados en casos de violencia eran profundamente infelices. Odiaban sus vidas, sus esclavizantes trabajos, sus míseros salarios, la permanente congestión del tráfico en la ciudad, los elevados intereses de sus hipotecas, la inflación, la amenaza del desempleo, la contaminación, las largas listas de espera de la seguridad social. Esto les sumía en un estado de permanente frustración que a veces se manifestaba de forma violenta. Además, muchos de ellos pensaban que el gobierno no lo estaba haciendo bien.

    Los psicólogos concluyeron que había que erradicar la infelicidad. Consecuentemente, la infelicidad fue ilegalizada, al estar estrechamente relacionada con la violencia. Ser infeliz pasó a ser un delito, y se consideró agravante el estar en desacuerdo con el gobierno, “pues cuando se dan ambos factores simultáneamente, la violencia está garantizada”. Para cuando la policía hubo terminado la primera redada, el 42% de la población había sido encarcelada acusada de infelicidad. Algunas voces disidentes pensaron que esto era una medida injusta, pues no todos los infelices eran necesariamente violentos. Estas personas fueron también encarceladas, acusadas de infelicidad con el agravante de estar en desacuerdo con el gobierno.

    Los costes del encarcelamiento de casi la mitad de la población se sufragaron subiendo los impuestos a la otra media. Esta medida hizo infelices a algunas personas, que fueron encarceladas para evitar nuevos brotes de violencia. El resto fueron felices y comieron perdices.

    Todoposes

    Archivado en La fabulosa sociedad de consumo por adehoces, 7 de Mayo de 2008

    Cuando atravesó las puertas del establecimiento una melodía electrónica reprodujo las campanadas del Big Ben. Ante él quedó un larguísimo pasillo con docenas de estanterías repletas de pequeñas cajitas de diferentes colores y tamaños. Sobre cada repisa había un cartel que indicaba la categoría: música, cine, pintura, política, arquitectura, deportes, filosofía, y un larguísimo etcétera. Echó un vistazo rápido y sintió algo de vértigo; no sabía ni por donde empezar. Pero tenía que asegurarse de acertar. Tenía que quedar bien en la reunión de antiguos alumnos.

    Escogió una caja al azar. Era de color azul. En la tapa, en letras blancas, podía leerse “Neoliberalismo Incipiente”. No tenía envoltorio de plástico, así que supuso que podía ojear su contenido. Abrió la cajita y se encontró con un pequeño folleto, que leyó por encima. “Sorprenda a propios y extraños con este fantástico kit neoliberal. Proyecte una imagen de tipo fuerte y adinerado, de macho alfa de la manada”. Bajo el folleto encontró veinte o treinta fichas plastificadas con diversos textos y dibujos de personas con distintos gestos. Le gustó en particular una que mostraba un señor con bigote y chaqueta apuntando con el dedo índice en pose indignada. Al pie de la ficha podía leerse en letras grandes “¡Aún hay demasiado intervencionismo de estado!”

    -¿Puedo ayudarle, caballero? -le dijo el dependiente, un señor alto que vestía un impecable traje azul.

    -Sí, por favor. Es mi primera vez y no sé exactamente cómo funciona esto.

    -Faltaría más, caballero -le dedicó su mejor sonrisa y prosiguió-. Es muy sencillo: cada kit contiene una descripción de la pose en cuestión y sus ventajas estéticas, diversas fichas con argumentos siempre acompañados de una representación gráfica, algunos golpes de efecto, varios consejos, y la siempre imprescindible carta de órdago. En todos se indica el tiempo aproximado que necesitará para llegar a dominar la pose. Usted simplemente escoge el kit que mejor le venga, paga en efectivo o con tarjeta y si quiere se lo lleva puesto. Si no queda satisfecho le devolvemos su dinero, siempre que sea en los diez días siguientes a la compra.

    -¿Carta de órdago?

    -Sí, le pongo un ejemplo. Veamos… Esta misma servirá -cogió una caja verde de la estantería superior y la abrió-. Progresista multicolor. Abrimos la caja y en el folleto explicativo encontramos la descripción: “Adelántese a todos en pensamiento con el kit progresista multicolor. Pro legalización del cannabis, vegetariano, poeta y pintor a tiempo parcial, benefíciese de una imagen culta a la par que bohemia y un irresistible halo de misterio. Tiempo estimado de preparación: cuatro horas”. Las fichas blancas contienen los argumentos, por ejemplo ésta -le mostró una ficha con un dibujo de un joven melenudo y sonriente que se tocaba el corazón con ambas manos-. Usted adopta el gesto y repite el texto que figura al pie: “la vida no es más que poesía”. O ésta otra: “consumir hachís es más natural que comer carne”, o éstas: “fumar en pipa es expresión cultural”, “la pintura es la gastronomía del alma”. Como se indica en el folleto explicativo, en unas cuatro horas debería tener dominados todos los gestos. Las fichas amarillas contienen golpes de efecto; son parecidas a los argumentos pero más potentes. Se recomienda usarlas sólo en discusiones acaloradas, y siempre con moderación -le enseñó una ficha amarilla con una cara sonriendo de medio lado y la leyenda “si todos fuéramos como tú, aún estaríamos en el medievo”-. En la contraportada del kit encontrará algunas sugerencias: “se aconseja acompañar el kit de unas gafas negras de pasta y unos calcetines a rayas de colores (de venta por separado)”, “leer un libro en un lugar concurrido y ruidoso potencia el efecto de este kit”. Y por último, y únicamente para situaciones extremas, la carta de órdago -sacó del fondo de la caja una carta roja-. El órdago se emplea como último recurso y tras su uso se recomienda abandonar cualquier conversación -leyó la carta: “perdone sargento, no sabía que estuviésemos en un campo de concentración”.

    -Ah, ya veo. Muy completos estos kits, oiga. Si le parece, voy a seguir ojeándolos…

    -Faltaría más, mire cuanto desee. Al fondo a la derecha, junto a la sección de atrezo, encontrará los probadores.

    -Muchas gracias.

    Siguió rebuscando por entre las estanterías y se decidió por cuatro kits: “Joven Entrepreneur, el sabor informal del éxito”, “Espíritu Zen, alma profunda de cristalinas aguas”, “Escritor Maldito, un genio para el que la sociedad no está preparada” y “Cuasientrenador de Fútbol, gran estratega deportivo”. En la sección de atrezo se hizo con unos cuantos artículos según las sugerencias de las contraportadas. Luego entró al probador.

    “Desconcierte a todos con misteriosos talentos: olfato financiero, mago de los negocios. Porque se puede mirar por encima del hombro de una chaqueta de pana”, decía el folleto del kit Joven Entrepreneur. Se puso el reloj deportivo sugerido y probó un par de gestos. “Yo es que, sencillamente, no puedo estar sin hacer nada”, dijo ensayando una expresión de pícara modestia. Le gustó lo que vio en el espejo. Cogió otra de las fichas blancas e imitó la expresión alegre y desafiante: “cada vez que me embarco en un nuevo proyecto es como si volviera a nacer”. Probó uno de los golpes de efecto: “ya, también se rieron de Julio Verne”. También probó la carta de órdago: “mira, déjalo, está claro que en este país lo único que no se perdona es el éxito”. Sí, esa pose le quedaba bien.

    Acto seguido se probó la pose de escritor maldito, que aconsejaba llevar la camisa por fuera, una botella mediana de vodka en una mano y un paquete de tabaco negro en la otra. “Para mí, escribir es una necesidad fisiológica como comer o cagar”, se dijo al espejo con expresión lánguida. Ensayó otras cuantas: “mi literatura no tiene precio; si una editorial me hiciera una oferta, me estaría insultando”, “me dí a la bebida para intentar dejar la literatura”, “en mis novelas la vida y la muerte siempre acaban follando”, “a veces mis personajes cobran vida propia y tengo que matarlos para que no se adueñen de mi vida”. El folleto indicaba que el kit proyectaba una imagen de genio torturado que no dejaría indiferentes a las mujeres. Pero no le gustó mucho ese kit.

    Espíritu Zen aconsejaba la ingestión de un Lexatin antes de cada uso y venía con un colgante del Ying Yang de regalo. Prometía una imagen de tántrica sensualidad apoyada en fichas como “el aura de esta habitación es muy pura” (mirando al techo con los brazos extendidos) o “tus miedos forman un dique que no deja fluir tu ser”, y golpes de efecto como “encantado de conocerte, creo que mi karma me acaba de recompensar por toda una vida de buenas acciones”. La carta de órdago le pareció especialmente sugerente: “pobre, tu corazón está ciego; no hay peor cáncer para el alma que el escepticismo”.

    Se estaba probando el kit de Cuasientrenador de Fútbol cuando apareció el dependiente.

    -¿Qué tal, caballero?

    -Pues mire, un poco indeciso. ¿Qué tal me queda el Cuasientrenador?

    Apretó los labios, señaló al dependiente con un dedo índice tembloroso y dijo:

    -¡Escúchame bien lo que te digo, quitar a Mendizábal es la única opción, y cuando digo la única quiero decir la única, de subir a primera!

    -Mmm, yo diría que le queda estupendamente. Es un kit ideal para lucir los domingos en bares y restaurantes.

    -Ya veo. El caso es que gustarme me gusta, pero yo buscaba algo un poco más… No sé, quizás algo más moderno.

    -¿Es para temporada o para algún evento concreto?

    -Pues para una fiesta de antiguos alumnos. Es una ocasión muy especial; tiene que ser algo original, joven, fresco, de mucho éxito e inteligencia.

    -No me diga más, caballero. Sección de informática.

    -Uy, pero esos, ¿no serán muy difíciles de dominar?

    -¡En absoluto! La nueva gama de poses 2.0 está especialmente diseñada para profanos. Apenas cinco horas para dominar el kit más difícil.

    -Vamos a probar, pues…

    -Faltaría más. Espere aquí mismo, le traigo dos kits que no le dejarán indiferente.

    Volvió el dependiente con dos cajitas blancas con letras de color naranja. Abrió la primera.

    -El kit “Ideólogo 2.0″ proyecta una imagen de elegante y exitoso tecnólogo que le convertirá en el centro de atención de cualquier reunión. El ideólogo está por encima de cualquier otra profesión de éxito. Políticos, actores, pilotos, arquitectos, todos ellos se ocupan del presente; pero el ideólogo emplea su inteligencia en sentar las bases del futuro. Se recomienda abusar del pronombre personal “yo” y de los adverbios terminados en mente. Tenga, póngase el atrezo y pruébese algunos argumentos…

    Cogió los gemelos de plata que le ofrecía el dependiente y se los puso en los puños de la camisa. Tomó unas cuantas fichas de la caja y ensayó la primera:

    -El consumidor del futuro es puramente asíncrono y fuertemente participativo; yo os aseguro que en verdad todo modelo de negocio no basado en contenidos bajo demanda y feedback abierto quedará irremediablemente obsoleto -dijo, frunciendo el ceño y pellizcándose la barbilla.

    -¡Oh, espléndido! -respondió el dependiente.

    -Ayer precisamente estuve en unas interesantísimas jornadas sobre blogs, charlando amigablemente sobre la relevancia de la conversación distribuida en los periodos de reflexión electorales…

    -¡Oh la la, se magnifique!

    -Ya dije yo premonitoriamente en su momento que las aplicaciones online irían convergiendo paulatinamente hacia un núcleo común integrado fuertemente.

    -¡¡¡Bravo, bravíssimo!!!

    -Pues mire, no sé… La verdad es que éste me hace sentir ligeramente gilipollasmente. ¿No tendría algo un poco más… sutil?

    -Caballero, puedo asegurar y aseguro que si no queda satisfecho con el especial de la casa, es que usted es una de esas pobres personas que van por ahí sin una opinión. Este kit es una auténtica revolución, se está vendiendo como rosquillas.

    El dependiente abrió la segunda caja con gran aire de misterio.

    -Esta pose tiene poder suficiente como para hacer sombra a cualquier otra. Y no requiere gastos adicionales de atrezo; bastan unos vaqueros, unas deportivas y una camisa de alguna distro extraña de Linux. Si no se peina usted mucho, mejor. Le presento el kit “Talibán Linuxero de Software Libre”. Le leo la descripción: “rezume inteligencia, eficiencia, altruismo y compromiso social a partes iguales con el kit TLSL. No importa a qué se dediquen los demás: si no hacen lo que hace usted, es porque son o demasiado torpes o demasiado egoístas. Deje claro que si usted no tiene más éxito es simplemente porque no le da la gana: su alma es demasiado pura”

    -Ohhhh…

    -Genial, ¿verdad? El punto fuerte de esta pose es que no se centra en usted, sino en los demás. ¿Su amigo trabaja en una gran multinacional de desarrollo? Es un sicario del imperio del software privativo. ¿Es un exitoso escritor o músico? Se ha lucrado con un modelo de negocio opresivo y caduco basado en coartar la libertad del usuario a disfrutar de la cultura. ¿Tiene un PC con Windows XP? Es un usuario de segunda cuya ignorancia refuerza los cimientos del imperio del mal. ¿Ve lo que le digo? Desde la perspectiva TLSL, todo lo que no sea darse de alta como autónomo para desarrollar pequeñas aplicaciones en Pimientos++, es simple y llanamente fascismo. ¿No es ideal?

    Se le iluminó la cara. Con esto sí que iba a pegar el campanazo en la reunión de antiguos alumnos.

    -Fascinante. ¡Deme, deme que me lo pruebe, por dios!

    Le arrancó la caja de las manos al dependiente y se hizo con las fichas.

    “El otro día metí por error un CD de Windows XP en mi portátil con KNutix y me saltó el firewall”, le dijo al espejo. “Un bit no es sólo una unidad de información: es una unidad de libertad”. “Pero hombre de dios, ¿cómo que el usuario no debería tener que aprender a manejar su sistema operativo? ¿Acaso no tiene que sacarse un permiso de conducir para manejar su coche?”. “Hoy por hoy, lo único que no puede hacer KNutix es pensar por el usuario. Pero todo llegará :)”. “Hombre, trabajar con Photoshop no está mal, pero lo mejor es retocar las imágenes desde consola con el intérprete de Phyton que viene con KNutix”. “¿Y tú qué, sigues secuestrando tus canciones para que te paguen rescate?”. “¿Virus? ¿Qué es un virus?”. “Vaya, así que ya tienes todas las certificaciones Java. Pues ahora que te queda tiempo para aprender a programar, te puedo dar un curso acelerado de Pimientos++”.

    Un agradable hormigueo le recorrió todo el culo. Aquello era grande, muy grande. Tuvo ganas de tatuarse aquellas frases por todo el cuerpo. Ah, qué dulce sensación de superioridad.

    El kit TLSL y las tres camisetas verdes con el logo de KNutix le costaron cuatrocientos euros, que pagó gustoso. Salió disparado a la calle a estrenar su nueva imagen. Miró a su alrededor y se entristeció: estaba rodeado de idiotas. De pronto sintió la imperiosa necesidad de comentar en Barrapunto.

    El mundo era un lugar muy triste. Casi todas las personas vivían aún en el medievo digital. ¿Y quién sino él podría sacarlas de las oscuridad? Ah, qué gran responsabilidad la de aquel que se adelanta en pensamiento. Qué pesada carga ha de soportar quien ya ha salido de la caverna y se siente obligado a liberar las almas que permanecen encadenadas. Sí, a él le había correspondido el solitario destino del héroe que debe sacrificarse por la humanidad. Él solo habría de enfrentarse a las fuerzas del mal y traer luz a las tinieblas. Él solo habría de cambiar el mundo.

    Llegó a casa, y se hizo un blog.

    Alicia

    Archivado en Relatos breves por adehoces, 6 de Julio de 2007

    Alicia se detiene en la orilla, cierra los ojos y se sacude los cabellos; durante un instante su desnudez queda envuelta en una lluvia de pequeños brillos dorados; yo contemplo la escena desde dentro del agua, sonrío maravillado, excitado, enamorado; salgo despacio del agua y me acerco a ella, que ya está tumbada en la arena, esperándome, y justo cuando pienso que soy tan feliz que apenas puedo creérmelo, van y me fallan las piernas, caigo de rodillas, intento levantarme pero no puedo, llamo a Alicia pero por algún motivo no me oye; de pronto parece estar muy lejos; el sol me ciega, entorno los ojos y de la nada aparecen un par de siluetas borrosas, un hombre y una mujer, que me llaman por un nombre que no me suena de nada; les pido que se vayan, que me dejen tranquilo, que me dejen con Alicia; la señora me dice que no me preocupe, que pronto estaré bien, en casa, pero yo sólo quiero volver a la playa; trato de incorporarme pero no puedo, miro al suelo, veo una sábana verde pero no encuentro mis piernas, de pronto me duele todo y me pongo a gritar, ¿¡dónde está Alicia!?; la señora rompe a llorar, creo que me llama hijo, el señor se acerca, me agarra un brazo y me inyecta algo, yo intento forcejear pero se me van las fuerzas, en un instante el dolor se desvanece y vuelvo a sentir el sol sobre mi piel; estoy flotando, estoy en el mar; miro a la orilla y distingo a una mujer, desnuda, sacudiéndose los cabellos…

    Despertar

    Archivado en Relatos breves por adehoces, 25 de Junio de 2007

    No podía dormir, así que volvió a su mesa. Cuando hubo leído el último de sus feeds, escuchado el último de sus podcasts y visionado el último episodio de la última serie, se metió de nuevo en la cama y se fumó el último cigarro del paquete. Al finalizar el último mp3 de su reproductor, se quedó en silencio contemplando la pared desnuda y reparó en que hasta entonces había estado dormido. En mitad de aquella noche de insomnio despertó y se dio cuenta de que no tenía una vida.

    El pirita

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 11 de Enero de 2007

    I

    Nos llevaban diciendo todo el año que la empresa iba viento en popa. Todo eran gráficas ascendentes: cada vez más clientes, más facturación. También cada vez más trabajo; por eso contrataban personal de ventas contínuamente. Cada diez o doce días veíamos aparecer caras nuevas, aunque a mí me parecían los mismos perros con distintas corbatas. Ese traje, ese portátil, esa sonrisa agresiva, esas prisas, esa manía de vociferar obviedades al teléfono, ese insufrible tono de “esto es de vital importancia” en cada email. El que siempre llevaba corbata rosa nos había escrito hacía unos días para indicarnos que debíamos cambiar el tipo de letra de la firma de nuestro programa de correo. La carta de Einstein al presidente Roosevelt advirtiéndole de la posibilidad de que Hitler estuviese a punto de desarrollar la bomba atómica estaba redactada en un tono más desenfadado.

    Lo que los ingenieros no nos explicábamos era por qué, a pesar de los inmejorables resultados financieros del año, nos habían reducido drásticamente el bonus de Diciembre. Casi todos esperábamos recibir una explicación en la reunión. Era otra de esas interminables reuniones en las que nos cuentan lo chulos que somos y lo gorda que la tenemos. El de la corbata rosa no llevaba hablando ni diez minutos y yo ya estaba totalmente saturado. Me abstraje, se me fue el santo al cielo y muy oportunamente me acordé del pirita.

    En los primeros dos o tres años de colegio ningún niño hacía nada. No éramos nada, sólo lienzos en blanco dispuestos a ser engorrinados miserablemente. Por lo general callábamos y nos mirábamos. Al tiempo las personalidades de cada uno empezaron a dibujarse; muchos niños comenzaron a actuar, a expresarse, a diferenciarse. Uno hacía reír, otro cantaba, otro corría más rápido que nadie, otro saltaba más alto, otro hacía agudas observaciones sobre las cosas, otro siempre respondía correctamente a las preguntas de los profesores. Había un niño que era capaz de chuparse su propia nariz, otro que escupía por la ventana y llegaba al edificio de enfrente, e incluso uno que se había leído un libro entero, sin dibujos, y al parecer le había gustado. Se estaban gestando nuestras identidades.

    Otros niños siguiéron simplemente callando y mirándose. De ellos no se hablaba; se hablaba de los que por algún motivo destacaban. Destacar era bueno: mucha gente sabía tu nombre, te sonreía, te saludaba. Ya no te sentías un lienzo en blanco; eras algo. Algo bello, o quizás algo original, o puede que simplemente algo, pero algo eras. Y se te reconocía. A veces conseguías una caricia o un beso furtivo, y entonces sentías algo grande que no alcanzabas a entender, pero hasta la última de tus células gritaba: por ahí vamos bien, chaval. La supervivencia de la especie está en juego.

    Un día se me acercó un niño de los que siempre callaban y miraban. Yo no sabía su nombre. Mira, me dijo con aire misterioso. Se sacó del bolsillo un pedacito de metal dorado y me lo acercó. Me quedé mirando la minúscula bolita dorada unos instantes. Estaba mugrienta. Los dedos de aquel niño también. Levanté la mirada; su cara también estaba mugrienta. Me miró muy serio y me habló en voz baja, como si me estuviera revelando un importantísimo secreto:

    -Esto no es oro –hizo una pausa-. Es pirita.

    Se quedó inmóvil unos segundos y se volvió a meter el pedacito mugriento en el bolsillo. Me miró, arqueó las cejas y se marchó con una sonrisa. Yo me quedé pensativo, sospechando algo. No sabía lo que era la pirita; suponía que nadie con siete años lo sabría. Pero aquel niño sí. Y tenía un trozo. Tenía que ser un gilipollas.

    No le pregunté su nombre, no me interesaba. Para mí aquel chaval anónimo paso a ser el pirita. A veces lo veía en el patio del colegio. Siempre andaba enseñándole a alguien su bolita mugrienta; los niños reaccionaban con interés, cogían la bolita para verla de cerca, se la pasaban unos a otros y se la devolvían al pirita, que sonreía satisfecho.

    Tardé un tiempo, pero al final saqué mis conclusiones. El pirita también quería destacar, pero no corría más rápido ni saltaba más alto que nadie. Cuando te enseñaba aquella bolita, automáticamente pensabas que era oro. Él te sacaba de tu error. Oh, habría jurado que era oro, te decías. Y si tú estabas equivocado y él no, él tenía que ser más listo que tú. Tú eras un alumno de EGB que despues del colegio se iba a casa a merendar pan con Nocilla viendo Barrio Sésamo. Al pirita lo recogía un helicóptero y se iba con sus padres, que eran unos científicos aventureros llamados Thomas y Linda, a explorar el Amazonas. En una de sus innumerables aventuras se habían perdido huyendo de la tribu de los temibles Potiguara (“comedores de hígados”), habían atravesado a nado el Orinoco sorteando cocodrilos y tiburones de agua dulce y luego se habían escondido en el volcán de las tarántulas pardas, donde encontraron por casualidad la entrada a la cueva del gran escorpión verde. Al fondo de aquella oscura gruta observaron un resplandor dorado. Se arrastraron por el suelo silenciosamente para no despertar a los sanguinarios murciélagos mutantes, y al llegar al fondo de la gruta se dieron de bruces con el escorpión, que medía tres metros, justo cuando el volcán entraba en erupción. Thomas se aferró al enorme aguijón verde y Linda saltó por entre las pinzas del escorpión en dirección a la resplandeciente veta dorada. En una de las paredes se abrió una grieta que empezó a escupir lava incandescente. Linda dirigió una mirada rápida a la pared, pero se armó de valor y volvió a la veta dorada. Parecía estar poseída. De pronto se oyó:

    -¡¡¡Mamá, no!!! ¡¡¡Es pirita!!!

    Linda salió del trance y los tres huyeron a toda velocidad, perseguidos por un río de lava y un escorpión gigante. Se colaron por un agujero inesperado y acabaron cayendo por las cataratas cristalinas a lo más profundo del lago de las sanguijuelas sedientas. Ya en la orilla del lago se arrancaban las sanguijuelas y sonreían aliviados mientras caía la tarde sobre la jungla. Pero, ¿como supiste que era pirita?, preguntó Linda a su hijo. Él la miró, arqueó las cejas y se alejó en silencio hacia el crepúsculo.

    Todo eso parecía insinuar el pirita, y la gente parecía creérselo. Yo pensaba que no era más que un gilipollas que llevaba en el bolsillo una bolita de mierda.

    II

    El de la corbata rosa seguía hablando de motivación, de esfuerzo, de estrategias de venta: es un mercado difícil y todos quieren un pedazo del pastel. Es una carrera, y hay que llegar el primero. De pronto nos miró muy serio y formuló una pregunta:

    -En esta carrera, ¿quién creéis que se lleva el pedazo más pequeño del pastel?

    Segundos de silencio. Suspense, intriga. El último, susurró alguien. El de la corbata rosa sonrió maliciosamente, esperó unos instantes y dijo en voz baja, como revelando un importantísimo secreto:

    -El segundo –hizo una pausa-. En esta carrera, el segundo no se lleva nada.

    Más silencio. Expresiones de sorpresa. Pues yo habría jurado que era oro, me pareció oír.

    -Somos muy buenos. Pero tenemos que ser los primeros –sentenció.

    Luego llegó otro tipo parecido al anterior pero con corbata verde y nos hizo visionar un montón de gráficas en la pantalla mientras soltaba una monserga sobre el éxito de nuestro producto. De pronto apagó el proyector, nos obsequió con una sonrisa de complicidad y dijo:

    -Tengo que confesaros algo.

    Yo soy el hijoputa que os ha reducido el bonus, pensé. La gente se miraba intrigada. El tipo se sentó en la esquina de una mesa y cruzó las piernas dejándonos ver uno de sus calcetines. Respiró hondo y dijo:

    -Somos una empresa muy odiada.

    Pausa. Dios mío, quién lo hubiera dicho. ¡Esto es el fin! ¡Con lo chachi que nos creíamos! ¡Estamos acabados, vamos de cabeza a la cola del paro!

    -Sí. Aunque no lo creáis, nos odian -pausa-. Nuestros competidores nos odian a muerte. Nos odian porque donde nosotros hoy estamos, ellos sueñan con llegar. Y cuando ellos lleguen, nosotros ya no estaremos: porque habremos llegado mucho más alto.

    Nos sonrió y arqueó las cejas. La gente aplaudía. Él se encaminó lentamente hacia el crepúsculo.

    Sin duda seguíamos estando en el patio del colegio. Solo que algo había cambiado: los ingenieros, contratados porque corríamos más rápido, saltábamos más alto, leíamos libros enteros y contestábamos correctamente a todas las preguntas, callábamos y nos mirábamos. Ahora los que destacaban eran los gilipollas con sus pequeñas bolitas de mierda.

    Ellos habían llegado alto, muy alto. Habían sorteado tiburones y tarántulas, habían matado al temible escorpión verde y habían conseguido hacerse con un buen trozo de la veta dorada. Solo que la empresa no se había dado cuenta de que aquello era pirita. Se lo había comprado a precio de oro y lo había pagado con nuestro bonus de Navidad.

    Mientras abandonaba la sala de reuniones sentí algo grande, muy grande. No sabía exactamente lo que era, pero hasta la ultima de mis células me gritaba: mal vamos, chaval.