A Emilio
Algunas conclusiones del Proyecto «El Profesional Flexible en la Sociedad del Conocimiento: Nuevas Exigencias en la Educación Superior en Europa»
-Junto con Francia, España es el país en el que los alumnos dedican más horas semanalmente a actividades académicas y de estudios.
-Los graduados españoles son los menos satisfechos con los estudios universitarios seguidos.
-Sólo el 50% declara que volvería a estudiar la misma carrera en la misma universidad.
-Los titulados españoles, junto con los checos, en términos relativos, perciben los salarios más bajos de una lista de trece países europeos.
-España, al igual que Italia, está a la cabeza en tasa de titulados viviendo en el hogar paterno cinco años después de acabar sus estudios universitarios.
-Es el país en el que los titulados manifiestan «con más énfasis» la poca utilización que hacen en el puesto de trabajo de las competencias adquiridas.
-Los españoles son los graduados con menor movilidad internacional por motivos de estudio.
-Como mayores carencias apreciadas en sus trabajos con respecto a lo que desearían, los titulados españoles se refieren a disponibilidad de tiempo, a las perspectivas profesionales, a los ingresos elevados y la estabilidad laboral.
(via La voz de Galicia -> meneame)
O sea que en España nos matamos a estudiar largos años para luego pasar a cobrar una miseria en empleos inflexibles, inestables y sin perspectivas donde no ponemos en práctica nada de lo aprendido en esa carrera que nos arrepentimos de haber cursado. Supongo que esos cinco últimos años en el hogar paterno son los imprescindibles para ahorrar, por supuesto en pareja, para la entrada de una vivienda indigna.
Y luego a los carroñeros de siempre se les llena la boca de “España va bien”, y ante la mínima queja se parapetan en el “ancha es Castilla” y el “nadie te obliga”. Pues sí, ancha es Castilla, y con la misma mierda repartida uniformemente en toda su extensión. Respecto al “nadie te obliga”, obvian ustedes que los derechos y libertades fundamentales que definen una vida digna han sido privatizados casi en su totalidad, y tenemos que comprarlos con el dinero que no tenemos. Nos obliga nuestra dignidad.
Señores, más les valdría actualizar la cantinela a “ancha es Europa”, porque muchos nos estamos dando el piro.
Quiero dar la enhorabuena a mi buen amigo Emilio, eterno compañero de penurias académicas, fatigas laborales e interminables charlas nocturnas regadas con música y alcohol. Después de largos años de esfuerzo acaba de salir del hoyo y en pocas semanas pasará a engrosar la lista de cerebros fugados que pagan con la distancia el precio de la dignidad. Después de tantos años de sacrificio Emilio sólo necesitaba que la suerte le sonriese un poco, y finalmente ha sucedido. Lo merecía más que nadie.
Yo sé perfectamente lo que le espera: la vida agridulce del emigrante. Novedad, oportunidades, presente desahogado, perspectivas de futuro, retos, experiencias, vuelos de bajo coste, las voces queridas en el teléfono, el sol y el mar en el recuerdo, silenciosas noches de invierno sentado junto al fuego evocando atardeceres mediterráneos, el corazón siempre pidiendo volver a sentir el calor de tu familia, de tus amigos, de tu perro, de tu calle, de tu pedazo de playa. A veces se hace duro, pero merece mucho la pena. Al salir de esa trampa social que tantos años nos estranguló el alma se redescubre el mundo; al desaparecer el estrés se vive la vida con mucha más intensidad. Esos contados días de vuelta a casa brillan con tal intensidad en el calendario que iluminan el año entero.
Reencontrarse con el pasado, con el hogar, con la propia sangre, y poder disfrutar de todo sin el peso de la angustia, es un privilegio. Lo primero que hago siempre al volver a Málaga, una vez que he abrazado a toda la familia y me he llenado de sus sonrisas, es salir a pasear con mi perro. Despacio, dejándome embriagar por todos esos olores que nunca se olvidan. El olor verde del mar siempre presente en el aire, el aroma dulce del té de calle Granada, el vino añejo aferrado a la madera de la Casa del Guardia… Camino sin rumbo, pero indefectiblemente acabo en la Malagueta. Busco una terraza, me siento en una silla de mimbre y al ritmo lento del anochecer me voy emborrachando de sal, arena, fuego y cerveza. Mi perro siempre se queda muy quieto; a veces suspira, a veces suspiro yo. Vuelvo a casa de noche, nadando en un largo silencio sólo interrumpido por alguna honda campanada que viene de lejos.
La despedida siempre es dura. En el aeropuerto suelo dejarme alguna lágrima furtiva. Pero el tiempo poco a poco va acortando las distancias. Uno lucha por convencerse de que en realidad no ha abandonado el hogar, sino que el hogar se ha hecho más grande. Mi ciudad ya no es Málaga; ahora es una pintoresca ciudad donde a veces nieva y a veces hace un sol radiante, donde El Temple Bar dublinés está a la vuelta de la esquina de calle Larios, donde hay una Fnac madrileña al lado de un Coffee Shop holandés, donde para llegar de Timanfaya a Candem Town hay que atravesar una oscura calle medieval de Brujas. Una ciudad interminable rebosante de gente y de cultura.
Emilio, bienvenido a la gran ciudad sin nombre.







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