Viernes por la tarde. Salgo un momento de mi cubículo para ir a correos a enviar un libro dedicado que se me había traspapelado. El envío cuesta dos euros, aunque a primeros de Enero mandé una tanda de veinte y me los cobraron a dos cincuenta. Habrán subido los precios con el nuevo año, me dije. A los pocos días me volvieron a cobrar €2. Pues la semana pasada me soplaron diez euros de más, pensé entonces. Diez euros no le sacan a uno de pobre, pero recordé aquella vez que un banco me mandó una carta advirtiéndome de la posibilidad de embargo si no regularizaba los cien duros de números rojos y me cabreé un poco.
Llego a correos y me pongo en cola detrás de una negra enorme, que pregunta en inglés chapurreado cuánto tiempo tardará en llegar algo a Nigeria. Entre cinco y diez días laborables, responde una voz femenina, rápida y cortante. La señora no se entera y pide que se lo repitan. La voz se lo repite con exactamente las mismas palabras, a la misma velocidad y en el mismo tono. La señora desiste y se larga. Me toca.
Detrás de la ventanilla está la funcionaria. Rubísima ella, extremadamente delgada, casi etérea. Sería guapa de no ser por las ojeras y la mueca de desprecio. Pongo el sobre en el peso.
-Desearía mandar esto a España por correo aéreo.
-Son €2.50 -dice, sin levantar la vista de su monitor.
Vaya. Esto ha vuelto a subir.
-Disculpe, normalmente me cobran €2, ¿por qué hoy son €2.50? -pregunto.
-Va por peso. Lo suyo son €2.50 -me obsequia con una mirada fugaz y vuelve a su monitor.
Leo el indicador de la balanza. Doscientos diez gramos. Insisto:
-Pues mire, siempre envío lo mismo y normalmente me cobran €2.
La tipa me espeta:
-Bueno, por cincuenta céntimos no vamos a discutir, ¿no?
A mí eso de que dos y dos sean cuatro o dos cincuenta según le sople el viento a una pijita vaporosa no es que me agrade. El mal tono de la desafortunada respuesta me cabrea un poquito más. Casi puedo adivinarle el pensamiento: “estos inmigrantes coñazo que no se enteran de nada y que siempre andan regateando…son dos cincuenta porque lo digo yo, que para eso aprobé mis oposiciones”.
Decido que no puedo despreciarla por algo que yo he imaginado, así que la desprecio solo por incompetente e ineducada. Contemplo la posibilidad de que su balanza marque más de la cuenta, y aclaro que no pretendo discutir ni regatear, pero que si me cobran precios diferentes por exactamente lo mismo alguien está cometiendo un error. La señorita replica en muy mal tono que aquí nadie está cometiendo ningún error y que esto es lo que hay. Discutimos durante cinco minutos y abandono la ventanilla de las lamentaciones antes de cabrearme en serio.
Peso el paquete en la balanza de la ventanilla de al lado. Lo mismo, doscientos diez gramos. Ojeo rápidamente un folleto con las tarifas: envíos a Europa de hasta doscientos cincuenta gramos, €2. Esto ya es algo personal. Le pregunto a la señorita de la otra ventanilla, y me da la explicación definitiva:
-€2 si es una carta, si es un paquete son €2.50
Desisto y me largo de allí, preguntándome cómo cojones se escribe una carta de doscientos gramos que no sea un libro. Pues nada, que sean €2.50. El hecho de que me hayan cobrado menos en otras veinte ocasiones pasa a engrosar mi lista de Expedientes X.
Durante el fin de semana me atormentan horribles visiones de la funcionaria pegándose la fiesta padre en una limusina a costa de mis 50 céntimos. El lunes vuelvo por allí con diez libros más, y me toca la misma tipa. Llevo los €25 preparados.
-Son veinte euros -le dice al monitor.
La leche. Esto empieza a resultar molesto. No puedo evitar que se me escape una sonrisa al decirle:
-Qué, ¿otra vez han bajado los precios?
-¿Perdón? -me mira, y me reconoce.
-El viernes se pasó usted diez minutos convenciéndome de que el precio es €2.50 por paquete.
A ver por dónde me sale ahora.
-¡Ah no, yo no voy a pasar otra vez por esto!
Como siempre, las cinco íes vienen juntas: incompetente, inflexible, ineducada, insolente, imbécil. La señorita consigue sacarme de mis casillas.
-Por favor, explíqueme de forma clara y concisa por qué me cobra dos precios diferentes por exactamente el mismo envío -la miro fijamente, pero no me sostiene la mirada.
-Si el viernes le cobré un precio distinto es porque el envío era distinto.
-Oiga, llevo desde octubre del año pasado enviando el mismo artículo.
Estoy visiblemente molesto, pero guardo las formas. La cosa va tomando tintes cada vez más surrealistas. Le explico por activa y por pasiva que siempre mando el mismo libro.
-El viernes el sobre era más grande, ¡y no me va a decir que no, porque me acuerdo perfectamente!
La tipa ha perdido totalmente los papeles. Habla con esa mueca apretada de niña caprichosa a la que nunca le han llevado la contraria.
-Primero, el sobre era el mismo, hace poco compré un paquete de cien. Y segundo, ¿se puede saber qué demonios tiene que ver el tamaño del sobre?
-Es que si el sobre es más grande, pues el envío parece más un paquete.
Ya me sulfuro del todo y le digo:
-Oiga, esto es ridículo. Es usted una absoluta incompetente y además no tiene modales.
Nos enfrascamos en una acalorada discusión sobre el sobre, valga la rebuznancia. Me percato de que todo el mundo me está mirando y vuelvo a experimentar esa desagradable sensación: tengo la razón, y por defenderla estoy quedando como un capullo.
Acabo pidiendo el libro de reclamaciones, y llega otra empleada a poner paz:
-Señor, ¿va usted a poner una reclamación por una simple cuestión de opinión?
Ah, qué sencillo. En estos tiempos, al parecer todo es una cuestión de opinión. Equivocarse es un derecho, exigir no ser víctima de las equivocaciones de los demás es puro fascismo. Los memos nos están ganando la partida.
Total, que me largo de allí con mi hoja de reclamaciones, a rellenar convenientemente en casita. Me doy perfecta cuenta de que, a efectos prácticos, he sido el típico cliente coñazo que monta el pollo por 50 céntimos. Me da igual, por suerte nací con útiles defectos de fábrica como el orgullo o la soberbia, que me permiten respirar el aire que me corresponde sin sentirme culpable por ello. Pero no puedo evitar pensar en la cantidad de gente que va por la vida con las cinco íes. Gente que tiene hijos, alumnos, novios, esposas, subordinados, individuos que son sistemáticamente tildados de problemáticos solo porque su sentido común desafía la estupidez generalizada y que acaban por creerse bichos raros.
No puedo evitar entristecerme un poco, pero de pronto caigo en la cuenta de que podría haber tenido peor suerte en la vida: podría haberme tocado ser un imbécil de mirada esquiva.