Estadística
Nos dice la IFPI que “aproximadamente tres de cada diez discos en España, son piratas”.Pues yo tengo un dato aún más alarmante: nueve de cada diez son una mierda.
Pero claro, lo segundo no le importa a nadie.
Nos dice la IFPI que “aproximadamente tres de cada diez discos en España, son piratas”.Pues yo tengo un dato aún más alarmante: nueve de cada diez son una mierda.
Pero claro, lo segundo no le importa a nadie.
I.
Estoy en un pub, con el portátil y una cerveza bien grande. Todo a mi alrededor es madera y piedra; mi mesa está situada junto a una de las múltiples chimeneas. Las iluminación es tenue e indirecta.
Divagando, he acabado por recordar viejos tiempos.
Tuve una infancia atípica. Nací en el último año de la dictadura franquista. Mi padre me contaba a veces que se tuvo que pegar más de una carrera por llevar el pelo a lo Beatle o leer algún periódico de esos cuestionables.
Luego, la democracia. Mi padre estaba deseando hacer buen uso de ella. Por desgracia, al último sitio donde llegó la democracia fue a la mente de muchas personas.
Fui a un colegio público, laico, y bastante salvaje. Yo era un espécimen raro. Contradictorio. Era un alumno ejemplar, mi comportamiento era intachable, sacaba las mejores notas. Pero nacido ateo. En mi casa jamás se habló de religión, ni para bien ni para mal. Yo no heredé a dios. Y como tampoco se me apareció nunca, pues ni siquiera me planteé la cuestión.
Un día, en el colegio, dios salió a colación. Con la iglesia habíamos topamos. Una profesora gorda y canosa cuyo concepto del sexo era algo sucio y oscuro que se practicaba en Sodoma, en París y en el infierno, me hizo escribir en la primera hoja de mi libreta de matemáticas: perdóname, señor, porque he pecado.
Yo no entendí ninguna de las tres partes de la frase. Al llegar a casa, le pregunté a mi padre qué era eso que había hecho yo. Según el, nada. Y él me conocía mejor que la gorda.
A partir de una animada conversación entre mi padre y la profesora canosa, mi familia pasó a ser considerada “ese clan de fanáticos que quieren erradicar la religión de España”. Agárrate las pelotas.
En mi colegio tenían la pedagógica costumbre de colocarnos por orden de inteligencia. Los más listos en la primera fila, los más tontos en la última. En cada fila, los más listos más a la izquierda. Aunque a mí me parecía que no eran los más listos, si no los que mejor se portaban.
Yo era un ateo fanático que se negaba a escribir chorradas en su libreta de matemáticas, a rezar, o a estudiar el catecismo. Tendría que haber estado en la última fila. Pero me pasé nueve años sentado en el primer asiento de la fila primera. Los traía a todos de cabeza.
Era curioso lo de las filas. En la mía, el segundo era mi mejor amigo. Nos llevábamos bien. El tercero se pasó nueve años odiándome por algún motivo. Él y yo nos sacamos mutuamente todos los dientes de leche a hostia limpia. No recuerdo haber pisado un dentista hasta BUP.
El cuarto quería ser el tercero. El quinto quería ser el cuarto. Así sucesivamente. Yo, como a la izquierda lo que tenía era una ventana, me ahorraba todo ese stress y me quedaba tiempo para pensar.
Pero bueno, a fin de cuentas éramos la primera fila, la fila blanca. La elite. No teníamos mucho de lo que preocuparnos.
Al final, estaba la fila negra. Los casos perdidos. Los vándalos. Aterrorizaban a los demás. Casualmente, los de peor posición económica. Ropa sucia, zapatos rotos.
Y seis filas intermedias. La franja gris. Ahí había de todo. Desde gente absolutamente adorable hasta auténticos cabrones retorcidos. Pero por lo general, mucho gris.
Los grises eran curiosos. Les jodía no estar en la fila blanca y a la vez se alegraban de no estar en la fila negra. Una cosa compensaba la otra, así que ni bien ni mal. La mayoría no tenían nada que decir. Me aburrían soberanamente.
Pero los de la última fila me atraían. Esos sabían algo. Cada vez que había un problema en la franja gris, lo solucionaba la profesora. Los de la fila negra se las apañaban solos.
Eran apasionantes. Hablaban de cosas prohibidas. Cigarros, sexo, la calle. Yo siempre andaba con ellos. Los miraba con curiosidad, con admiración, no con desprecio. Ellos me aceptaron.
Las señoras pedagogas religiosas consideraron que a mi me podía afectar aquello de manera negativa y avisaron a mis padres, que todavía se estaban acordando de lo del pecado. Mis padres no pensaron que fuese un problema. Yo seguía siendo el mismo y sacando las mismas notas. Aunque, eso sí, empecé a decir tacos.
El profesor de matemáticas (don Ángel, que me regaló un ejemplar de Yo, robot que aún conservo) consideró que, de hecho, aquello quizá pudiese afectar a alguien de la ultima fila de manera positiva.
Aquel matemático tenía mas alma que todas las beatas.
II.
Resultó que los negros no eran tontos. Sólo pobres. No tenían cuarto de estudio en casa, a veces ni siquiera libros. Algunos venían por mi casa y usaban los míos. Siempre andaban metidos en historias, en peleas, no aparecían por el colegio dos semanas… pero alguna vez pasaban por mi casa, merendaban con mi familia, y hacíamos los deberes.
Ellos tenían algo especial, algo bueno. Fueron buenos amigos. Leales. Sobre todo Julio, el más temido de todos. Era el líder. Mi madre me llevaba al colegio. Julio iba sólo. A veces nos encontrábamos y hacíamos el camino juntos.
Yo me había salido de mi fila. Alguno de los condenados también pudo salir de la suya. Julio aprobaba los exámenes. Pasaba de curso.
Aquello me lo pagaron multiplicado por mil. Hicieron por mí todo cuanto estuvo en sus manos. Me defendían, me protegían. Para casi todos los demás niños, había zonas prohibidas. En especial, la plaza de los gitanos. Ahí no se podía ni entrar. Pero yo jugaba en ella. Y me lo pasaba de puta madre. Vivía sin miedo.
Recuerdo la primera vez que fui a la plaza. Mi ropa no estaba sucia. La de ellos sí. Todos se me quedaron mirando. Julio dijo:
-A éste, hay que respetarlo.
Y no se habló mas.
Una mañana íbamos Julio, mi madre y yo, de camino al colegio. Era la fiesta de navidad. Mi madre paró en un kiosco y nos compró una pandereta a cada uno. Teníamos doce años.
Hace no mucho, a mi madre la paró un hombre por la calle.
-Yo a usted la conozco, señora.
-Ay, pues me va usted a perdonar, pero yo no caigo… y el caso es que me suena.
-Usted a mi me regaló una pandereta.
Se rieron un buen rato. Julio le preguntó por mí. El niño está bien, se ha hecho ingeniero, anda viajando por ahí…
III.
Cuando acabó el colegio, yo fui al instituto. Mis guardaespaldas no. En el instituto todo el mundo sonreía y decía venir de la primera fila. Los grises parecían haber desaparecido. Pero yo los veía por todas partes. Había muchas hostias a la salida. Sonrisas y hostias. Pero bueno. Hice un puñado pequeño de amigos grandes.
Luego, la tan ansiada universidad. Allí las hostias no se llevaban, quedaban mal. Se sustituían por puñaladas traperas. Me uní más a mis amigos y me separé más del resto.
Y finalmente, el mundo laboral. Sueños que se desmoronaban. La apoteosis del gris, la sonrisa, y la puñalada trapera. Y yo sin guardaespaldas.
Una noche volvía a casa sintiéndome gris. De pronto alguien me llamó por mi nombre y apellidos. Desde un coche me habló una voz que sonaba a recuerdo lejano.
Julio. Me llevó a casa. No andaba mal. Montando persianas unas sesenta horas por semana. No le preocupaba mucho. Me preguntó como me iba. Y me recordó que, si alguna vez yo tenia algún problema con alguien, no dudara en decírselo. Que el me lo solucionaba. Que a mi se me respetaba.
Aun hoy se me hace un nudo en la garganta.
Han pasado los años y las cosas no han cambiado mucho a mi alrededor. El mundo es, a grandes rasgos, una mierda. Muchos le echan la culpa a la condición humana. Pero yo se lo que es la lealtad. Yo la viví. Viví algo que los demás se perdieron y que me hizo como soy ahora.
Ando viajando por ahí, sí. Con una maleta llena de buenos recuerdos.
Así que aquí estoy, en mi bar, con mi cerveza, mi portátil y mis recuerdos. Miro a mi alrededor y veo mucho gris y mucha sonrisa. Sospecho que se esconden puñaladas.
En fin. Que por todos aquellos de la ultima fila, aquellos que tanto me dieron, va esta cerveza. A los grises del mundo, los de la dictadura, los de las puñaladas, los que roban el tiempo:
Que os den por culo.