Weblog ·   El foro ·   Tienda online ·   Memorias de un ingeniero ·   Tren a la estación perdida ·   Fotos en Flickr ·   Twitter
  • Últimas entradas

  • Categorías

  • Buscar

      Introduzca texto a buscar y pulse [Enter]
  • El año pasado...

  • Archivos

  • Trackbacks

  • Entradas mejor valoradas

  • Recomendaciones

  • Ya a la venta

  • Prensa

  • Flickr

    www.flickr.com
  • La tira Ecol

      Tira Ecol
  • Telekomor

  • Meta

  • Revisando entradas:

     · 

    Alas de barro

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 17 de Diciembre de 2004

    I.

    Las seis de la mañana. Al hijoputa que inventó el despertador deberían torturarlo hasta morir. Al cabrón de su primo, el que inventó la resaca, también. Y al subnormal que se fue ayer a un bar irlandés y se calzó siete pintas teniendo hoy una presentación… a ése… bueno, a ése le iba a tener que perdonar.

    Me dediqué a maldecir el mundo al pie de mi cama diez minutos más y luego me di una ducha, me vestí apresuradamente, y salí a la calle. No había tenido tiempo ni de mirar por la ventana. Llovía a mares. Pero no volví a por el paraguas. La lluvia me gustaba, me recordaba algo.

    Creo que era el olor a tierra mojada. Era el olor de la esperanza. Me hacía sentir que el mundo alguna vez podría empezar de nuevo, y esta vez salir bien. Todavía había algo, algo latiendo, dormido, bajo el barro y el cemento.

    Así que iba sin paraguas, mojándome la cabeza, respirando profundamente, intentando que ese algo me llegara dentro.

    Mi tren estaba a punto de salir. Entré en el último segundo, y el olor de la esperanza fue sustituido por una mezcla de aromas: sobacos, papel mojado, y perfume barato de putón verbenero. El que más me jodía era el de papel mojado, por el doble sentido.

    A ver si los chinos sacaban ya un reproductor de mp3 con olores. O mejor no. Que seguro que empezarían a circular correos electrónicos con olores adjuntos, titulados “FW: rosas silvestres del Tibet”, y que después de diez segundos de embriagadoras fragancias y música chill te sorprenderían con un repentino pestazo a mierda de burro y al final una voz diría “Jajaja, manda esto a seiscientas personas o tendrás una semana de mierda”.

    El tren llegó a su destino. Ya no llovía.

    La presentación era a las nueve. Aún tenía que retocar la demo y el power point, pero la resaca me estaba matando. Necesitaba echarme algo al estómago. Bajé a la cantina.

    Allí estaba Lourdes, la recepcionista. Nos saludamos y puse a preparar un café. No estaba en condiciones de entablar conversación. Saqué de la máquina un sándwich de jamón, y entonces Lourdes rompió el hielo:

    -Veo que sigues comiendo cadáveres para sobrevivir.

    Se me había olvidado que ella era una de esas vegetarianas coñazo.

    -Sí, ya ves.

    -¿No te remuerde la conciencia?

    -Pues… lo justo. Supongo que lo mismo que a una araña o un gato.

    -Ay, yo no podría…

    -Bueno. Cada uno es cada uno.

    No quería empezar a hablar de carnívoros y herbívoros, fumadores y no fumadores, dios y el diablo. Me fui de allí con mi sándwich de cadáver y mi café. Decidí salir al parque a despejarme un poco.

    Paseando por entré los árboles que circundaban el edificio me pregunté por qué carajo se empeñaban en rodear las cárceles de bonitos espacios. Era publicidad engañosa; te daban el espacio y te quitaban el tiempo. Ellos salían ganando.

    Un leve movimiento al pie de un árbol me sacó de mis reflexiones.

    Era un pájaro negro. Un pichón. Estaba muy quieto, me miraba con cautela. Yo también me paré, y me quedé mirándolo. Era bonito.

    Empecé a aproximarme al él muy lentamente, haciendo el menor ruido posible. Quería comprobar cuánto me dejaría acercarme sin huir volando. Quizás se diese cuenta de que yo no pensaba hacerle daño. Quizás, si me dejaba rozarlo, significaría que conmigo había hecho una excepción, que a mí me había considerado distinto. Que parte de ese algo de la lluvia sí que se me había quedado dentro, haciéndome mejor.

    Me acerque más y más. El pájaro no se movía. Al final lo tuve entre mis pies. Pero lo que vi me descorazonó. Aquel pájaro no podía volar; se había caído del nido. Tenía sangre en las alas. A todos los efectos, ya estaba muerto.

    No sabía que hacer. Me sentía miserable. Para mí no podía haber peor visión que aquella. Tenía que hacer algo, no podía abandonarlo allí.

    Intenté cogerlo, pero dio unos pasos y se volvió a parar. Me miró de nuevo, y esta vez me pareció que estaba asustado y a la vez necesitado. Pero ¿qué cojones podía hacer yo? Tenía delante el símbolo de mi propia tragedia y no se me ocurría ninguna solución. Realmente era horrible la sensación de impotencia. Ahora entendía que la gente llegase a suicidarse. Era como si la sangre se te convirtiese en veneno, sentías que todo era una mierda y que la culpa era tuya. Que en realidad todo estaba ya perdido. La única opción era abandonar. Nihilismo, suicidio, consultoría de forlayos.

    Lo intenté de nuevo y el pichón volvió a huir. Rodeó el árbol y se ocultó de mi vista. Pensé que si lo cogía le haría más daño. Mi presentación iba a empezar en breve. Me bloqueé y empecé a sudar tinta.

    Concluí que no podía hacer nada. Cosas así pasaban a cada minuto, era ley de vida. No era culpa mía. Además como llegase tarde a la presentación se iba a montar una buena.

    Dejé atrás el parque y entré al edificio. Lourdes estaba en su mesa, mirando su pantalla, con esos auriculares con micrófono incorporado. Pura realidad virtual. En ese momento no me hubiese importado ponerme un casco de VR yo también. Enchufarme a alguna realidad alternativa que me hiciese olvidar lo asquerosamente rata que me sentía.

    Entré al ascensor. De hecho, me parecía que había otra realidad de la que me estaba desenchufando para siempre. La del bosque y la lluvia. Aún me unía a ella una especie de débil cordón que las puertas del ascensor iban a cortar en dos segundos, dejándome solo en la realidad del cemento y el cristal, donde ya nada olía a esperanza.

    II.

    Le podían dar por culo al cemento. Puse el pie entre las dos puertas y volvieron a abrirse. Dejé mi café y mi necro-sándwich en la mesa de Lourdes. Salí del edificio y volví al parque. El pichón aún estaba detrás del árbol, inmóvil. Yo seguía sin saber qué hacer, pero al menos haría algo, que era mejor que nada.

    Me costó seis intentos y dos vueltas al árbol agarrar al pajarito. Me lo acerqué para verle las heridas y se me cagó en la corbata. Bien. Me dejaría la mierda ahí siempre. Hacía juego con mi empleo.

    Sentía una extraña mezcla de miedo y valor. Aquello estaba bien. El pichón se quedó quieto entre mis manos. Las manchas en las alas bien podían no ser sangre. Tenía que intentar limpiarlo.

    Con el reverso de la corbata froté aquello todo lo delicadamente que pude. El pájaro no se quejó; al parecer sólo era barro. Debía haberse manchado al caer.

    Pero no volaba. Ni siquiera intentaba mover las alas. ¿Tendría algo roto? Si no me lo llevaba de ahí, estaba condenado. No tenía otra opción: el pichón se venía a mi casa. Después ya veríamos.

    Necesitaba una caja. Lourdes me ayudaría. Entré a recepción, y la vegetariana coñazo se me quedó mirando con cara de espanto y me soltó:

    -Ni se te ocurra acercarme ese bicho asqueroso, seguro que tiene mil enfermedades.

    De puta madre. O sea, que no era una ecologista vegetariana. Era una gilipollas haciendo una dieta.

    -Lourdes, voy a llevármelo a casa. ¿Puedes darme una caja grande?

    A regañadientes sacó una caja vacía del armario de artículos de oficina y la puso en su mostrador. Cuando me acerqué con el pájaro, ella se apartó.

    Metí ahí a la pobre criatura, y le hice unos agujeros con un bolígrafo a la tapa. Cerré la caja.

    -Gracias. Por favor, llama a Paul y dile que no voy a poder estar en la presentación.

    Ella me miró asombrada. Salí de allí. En el mundo del cristal y el cemento se quedó una gilipollas a dieta de ensalada limpia-conciencias mientras yo atravesaba el parque con la corbata llena de mierda.

    Me puse la caja bajo el brazo izquierdo y con la otra mano saqué el móvil y llamé a mi amigo Rafa, que era de campo, a ver si tenía idea de lo que hacer.

    Le expliqué la situación, le describí al pájaro con la mayor precisión que pude.

    -Pues, por lo que dices, parece que simplemente es aún joven. Le calculo un mes, así que en dos o tres semanas, si no se muere de sed o de frío, podrá volar -dijo.

    Me tranquilizó. Era cuestión de que el pichón aguantara. Si se me moría en casa iba a ser un drama, pero al menos podría decirme a mi mismo que había hecho lo posible.

    Rafa había tenido docenas de pichones. Se morían con facilidad, me dijo. Me explicó cómo darle los cuidados básicos. Si Lourdes hubiera oído aquello, le hubiera dado un telele.

    -Te agradezco los consejos. Me has quitado un peso de encima. Mañana me voy a ganar una buena bronca, ahora tendría que estar en una presentación… ya me puedo imaginar al Monchito recochineándose…

    -Nada -respondió Rafa-, te llevas al pichón y que le saque los ojos al Monchito. Por cierto, que le podías llamar Rockefeller, no sé si me explico…

    -Jajaja, sí, lo acabas de bautizar. Bueno, te dejo, que estoy llegando al tren. Gracias otra vez.

    -De nada, hasta luego chaval.

    Colgué, y me reí un buen rato. Me sentía bien, me sentía parte de algo grande. Debía ser la tierra mojada.

    Una vez en casa me puse manos a la obra. Saqué a Rockefeller de la caja y lo dejé encima de mi mesa. Seguía inmóvil. Llené la caja con calcetines viejos, metí al pájaro de nuevo dentro, y éste se acomodó. Me miraba fijamente, pestañeaba con cara de interrogante.

    Salí a la calle y compré trigo. A la vuelta, Rockefeller estaba durmiendo. En mi móvil había cuatro llamadas perdidas. Lo apagué, me tumbé en la cama, puse Las cuatro estaciones y me dejé llevar.

    III.

    Desperté a media tarde y ya no tenía resaca. Era de puta madre poder dormir lo suficiente.

    El pájaro se había cagado repetidas veces en el improvisado nido. Ahí estaba, metido en su caja, asustado, hambriento, y lo único que tenía era su propia mierda. El perfecto desarrollador de software.

    Rockefeller tenía que alimentarse. Puse trigo mezclado con pan y agua en una taza, y se lo acerqué. Ni puto caso. Luego le acerqué un vaso de agua, y tampoco. Pues sí que estamos bien. ¿Y ahora qué?

    Recordaba como mi madre había sacado a Satán adelante. Lo habíamos encontrado en un desagüe, moribundo. Sus cinco hermanos de camada ya se habían ahogado. Aún tenía el cordón umbilical colgando. Mi madre siempre sabía lo que hacer, cómo y cuándo darle de comer; se lo pegaba al pecho para que se durmiese oyendo los latidos de su corazón…

    Lo sacó de la muerte y ahora pesaba cuarenta kilos y era una de esas pocas cosas que de verdad daban sentido a mi vida. ¿Cómo hacían las mujeres esas cosas? ¿Tenían una especie de voz interior que les decía qué hacer, o qué? Ellas tenían conexión directa con algún plano que yo desconocía.

    Rockefeller no tenía tecla de “HELP” por ninguna parte. Tampoco venía con un README ni con un HOWTO. Estábamos jodidos. El sudor frío me volvió a pegar la camisa al cuerpo.

    Tenía que beber, y según Rafa, si no sabía beber solo tendría que hacerle el boca a boca. En fin, en peores plazas habíamos toreado. Vamos allá. Me llené la boca de agua, cogí al pichón con una mano, y con la otra le agarré la cabeza y le metí el pico entre mis labios. Suavemente le insuflé agua dentro. Noté una pequeña lenguecita succionando.

    Repetí la operación tres veces más, luego escupí, me limpié la boca lo mejor que pude, y lo intenté con la comida. Cuidadosamente le agarraba la cabeza por detrás y con dos dedos le abría el pico. Con la otra mano le metía pedacitos de comida dentro. El pájaro se sacudía. A veces la comida se le salía y otras veces se la tragaba. Al principio temía romperle la cabeza, pero poco a poco perdí el miedo y me fue resultando mas fácil.

    Bebió y comió bastante. Pensé que acababa de hacer algo así como insuflar vida. Era una sensación milagrosa.

    IV.

    Al día siguiente, a las 8:05 Paul me llamó a su despacho. Me dolía haberle fallado. Era de los pocos jefes competentes de toda la empresa, si no el único. Sabía lo que hacía, sus estimaciones estaban basadas en su experiencia y no en una hoja de cálculo. De vez en cuando te encontrabas que había estado trasteando el código fuente y que había mejorado los objetos, llegaba el primero a la empresa y se iba el último, y cuando viajaba aprovechaba los vuelos para adelantar trabajo con el portátil. También sufría la conjura de los necios.

    Entré allí con la cabeza gacha. Su cara era un poema. La mía, supongo que también.

    -¿Qué te pasó ayer, Fuckowski?

    -Una emergencia. Siento haberte dejado todo el trabajo. Pero tenía que hacerlo.

    -¿Emergencia? No es eso lo que he oído.

    Vaya, la que no comía carne sabía sacar hígados.

    -Paul, asumo la responsabilidad. Si me vais a despedir o a expedientar, lo comprenderé.

    -Nada de eso. Ya sabes que valoro tu trabajo, y que por desgracia no puedo tenerte en todos los proyectos conmigo, como me gustaría. Pero ayer me sentí decepcionado. Quiero entender como fuiste capaz de abandonar tus obligaciones por un simple pajarito.

    -Precisamente, lo que hice ayer fue, creo, cumplir con mis obligaciones. Si no lo hubiese hecho, hoy me sentiría como el culo.

    -Tus verdaderas obligaciones son esas que están descritas claramente en tu contrato.

    -Paul, yo paso la mayor parte del tiempo aquí metido, y es fácil acostumbrarse a esa rutina. Pero a veces siento cosas

    -¿Cómo que “cosas”?

    -Mira, en mis últimas vacaciones pasé dos semanas en Suiza y dejé a mi perro en casa de mis padres. Nunca había estado tanto tiempo sin verme, y a la vuelta, cuando fui a por él, yo me esperaba su típica fiesta de bienvenida. ¿Y sabes qué hizo?

    -No.

    -Nada. No hizo nada. Vino hacia mí lentamente, se sentó a mis pies, y se me quedó mirando fijamente con una expresión de asombro tal, que el cabrón me arrancó las lágrimas. Su mirada casi quería decir ¿pero de verdad eres tú?. Luego ladró una vez, porque yo me había quedado paralizado, y cuando reaccioné y me agaché para acariciarle la cabeza, se pasó lamiéndome diez minutos. Me hizo sentir tan vivo, que pensé que la mayor parte del tiempo no soy más que un gilipollas congelado.

    -Ah, ya veo. Mira, todas esas cosas están muy bien, pero no sé qué tienen que ver con tu falta de ayer.

    -Tú bien sabes que no le tengo miedo al trabajo. Sudo mi miserable salario, curro entre cuarenta y sesenta horas, siempre ando metido en lo mío y apagándoles los fuegos a los demás. Pero todo esto lo hago por poder llenarme la nevera y pagar el alquiler, y así seguir disfrutando de una vida a la que sólo esas cosas dan algún sentido. Ayer salvé una vida. Eso da sentido a la mía. Si no lo hubiera hecho, estar hoy aquí sería simple y llana esclavitud.

    -Fuckowski, ¿no eres ya muy mayor para andarte preocupando por perritos, pajaritos, y todas esas mariconadas?

    -Pues mira, si el precio a pagar por ahorrarme estas preocupaciones es que mi Satán pase a ser simplemente “un perrito”, no me compensa.

    -Joder. Eres un idealista. Muy bonito, pero eso no funciona en el mundo real.

    Mierda. ¿Cuántas veces había oído ya eso? ¿En qué momento exacto de la historia el término idealista había pasado a considerarse despectivo?

    -Bueno, aquella señora negra que un día decidió sentarse en el autobús en los asientos para blancos, no pensó que el mundo real fuese algo inmutable. Comenzó la liberación de toda su raza.

    Aún quedaban muchos negros olvidados en alguna iglesia podrida del Harlem cantando desgarradas versiones Gospel del I still haven´t found what I´m looking for. Pero habíamos mejorado bastante.

    Paul me miraba como si yo hubiese perdido por completo la razón. Yo no lo entendía.

    -Fuckowski, te has equivocado de planeta.

    Por un instante pensé en bosques, en lluvia, en el mar rompiendo al pie de un acantilado, la fría arena de la playa en una noche de verano.

    -No puedo imaginarme un planeta mejor. Es sólo que está siendo invadido.

    -¿¡Invadido!? -ahí era cuando Paul ya constataba del todo que yo era un paranoico- ¿¡Invadido por quién!?

    -Por hombres pequeños y ciegos, con maletines y trajes, que siempre andan diciéndote cómo funciona el mundo real. Los peores tienen bigote.

    -Está bien, está bien. Creo que podemos dejarlo aquí. Por favor, que no se repita lo de ayer. Supongo que con el tiempo acabarás madurando.

    -Gracias, Paul. Intentaré que no se repita.

    Madurar. Frutas maduras. Frutas que se caen del árbol y se pudren en el suelo. Pocos días antes había ido a un concierto. Whitesnake, en una sala bastante pequeña. Tenía a David Coverdale a diez metros. Cincuenta y siete años tenía ya el hombre, y allí estaba plantado, con su inmensa sonrisa, cantándonos el Here I go Again, llenándonos de toda la energía que le sobraba. A su edad no parecía andarse pudriendo en el suelo. Yo de viejo quería estar así de joven.

    Toda mi vida había sido igual. Me desgañitaba exponiendo mis argumentos, mis ideas, mis sentimientos, y siempre se los cepillaban con una sola palabra. Idealista, inmaduro, mariconadas, romántico, loco. Parecía fácil menospreciar lo que nunca se había sentido.

    A veces hasta me hacían dudar. O yo de verdad estaba loco, o loco era simplemente el término a aplicar al que no vivía en una determinada realidad, definida por vete a saber quien. Los de los maletines.

    En ambos casos me importaba tres cojones.

    V.

    Rockefeller se hacía mas fuerte cada día que pasaba. Y con él, mis convicciones. El día de la presentación había hecho lo correcto. Seguía teniendo que darle de comer directamente en el pico, pero ya me iba costando menos. Se esforzaba, algo en su interior iba despertando. Quería vivir.

    Le tenía que limpiar la mierda del nido cada noche, para que no durmiera encima de ella. Hasta que un día, espontáneamente, aprendió a sacar el culo del nido y a echar su mierda fuera, en mi alfombra. Rockefeller ya era consultor.

    Cada vez era más fácil. Cuando tenía hambre o sed, me piaba. Casi parecía que se enfadaba. Estaba claro que para todo bicho viviente la comunicación era una necesidad vital.

    Una mañana, me despertó un batir de alas. El pájaro había volado hasta la otra punta de la mesa, se había posado en el filo de la taza del trigo, y estaba devorando los granos con avidez. Y al minuto, como el que no quiere la cosa, dio unos pasos hasta el vaso con agua, metió la cabeza dentro y empezó a beber.

    Fue sublime comprobar que los que los seres vivos llevamos cosas aprendidas dentro, cosas que no hace falta que salgan por la tele, ni que nos las escriban en contratos. Sólo hay que esperar a que afloren, y luego aguantar el chaparrón del menosprecio social y tirar para adelante.

    Y una tarde, al volver del trabajo, me encontré un extraño cuadro en mi habitación: Rockefeller se había cagado en el nido, en la taza y en el vaso, había volado hasta la ventana y estaba picoteando el cristal.

    Me recordó a mí mismo. Estaba listo para largarse.

    El sábado por la mañana, cerré la caja con Rockefeller dentro y me fui al parque central. Un silencio tan triste se apoderó de todo, que lo tuve que llenar con un LP de Vicente Amigo.

    Camino del parque iba aterrorizado. ¿Sabría arreglárselas sólo? Parecía fuerte. ¿Y si se moría de frío? ¿Y si me lo quedaba en casa para siempre?

    No. Aseguraría su supervivencia pero le robaría su verdadera vida. Un delito.

    Estaba claro lo que tenía que hacer. Recorrí el parque buscando algún sitio apropiado, donde pudiese refugiarse del frío, y donde hubiese palomas cerca para que se uniese al grupo.

    Encontré el lugar idóneo entre unos arbustos, frente a un banco. Saqué a Rockefeller de la caja y me lo puse en el hombro. Anduve hasta una papelera, y tiré la caja. Rockefeller me picó una oreja.

    Paseé por allí largo rato. Finalmente, el pájaro saltó. Dio un vuelo corto y aterrizó entre los arbustos. Me senté en el banco a esperar. Pero no se movía. No hacía nada. Tenía ante sí un mundo sin ventanas y no hacía nada.

    Rockefeller parecía estar muy asustado. Llamé a Rafa de nuevo y le expliqué lo que pasaba. Su consejo fue muy clarificador:

    -No te preocupes, pasa como con las personas. Ahora no hace nada, pero cuando empiece a pasarlas putas ya espabilará…

    Gran sabiduría la suya. Pues nada, a esperar. Yo miraba a Rockefeller, él me miraba a mí, y Vicente Amigo lloraba dulces escalas menores en un trémolo.

    Por un momento cerré los ojos y no hubo más que una escala menor que lo bañaba todo de melancolía. Luego un Fa grave en suspenso y finalmente, para mi sorpresa, un fuerte golpe a un Mi mayor que cambió el sentido a toda la escala. Se hizo el silencio, abrí los ojos, y Rockefeller ya no estaba.

    Me fui de allí con la sensación de que había pasado algo que no alcanzaba a comprender.

    Y volví a ser un gilipollas congelado algunas semanas más. Luego a Paul le dio un infarto.

    VI.

    Aquella habitación de hospital olía a muerte y a desesperanza. Paul estaba tumbado en la cama. Era una mañana nublada y gris. Llovía barro y polvo.

    -Me recuperaré, no ha sido demasiado grave. Sólo un susto -me dijo.

    -Sí, susto el que nos has dado a todos, tío. Pero vamos, ¡bicho malo nunca muere! -yo no sabía muy bien qué decir en estas situaciones, así que me decantaba por trivialidades.

    La mujer de Paul había ido a comer. Estábamos solos. La vida podía ser una gran putada.

    -¿Vas a volver? -pregunté.

    -Claro. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

    Yo no lo sabía. Pero estaba seguro de que no quería sufrir un infarto a los cuarenta.

    Entonces sucedió. Una paloma se posó en la cornisa exterior de la ventana. Estaba sucia de polvo y barro. Seguro que no era Rockefeller, pero el hecho de que perfectamente podría haberlo sido me llenó el alma.

    Estaba quieta. Miraba al cielo. De pronto, por un claro entre las nubes se coló el sol. Por un instante todo se iluminó en un húmedo dorado.

    La paloma se sacudió la mierda de un golpe, y echó a volar.

    Mientras la veía perderse en el infinito lo entendí. Un golpe. Bastaba un solo golpe para quitarse la mierda de encima. De un golpe una escala menor se convertía en mayor, desaparecía la melancolía y todo se iluminaba.

    El golpe era esa última palabra. La voluntad. Todo podía cambiar.

    Miré a Paul, pero parecía habérselo perdido. Pensé en explicárselo, pero ya sabía lo que me iba a contestar: mariconadas.

    Joder. Yo lo entendía y Paul no. ¿Y si me había vuelto gay?

    Tenía que comprobarlo.

    -Ahora vengo -dije.

    Salí de la habitación y me puse a deambular por los pasillos sin saber muy bien lo que andaba buscando. ¿Cómo verifica uno su tendencia sexual?

    Doblé una esquina y paré en seco. Una enfermera imponente con un culo que parecía estar hecho de pura roca se aproximaba a un mostrador de información. Me escondí detrás de la esquina y me quedé mirando de reojo.

    La mujer se puso a hablar con un celador sin ser consciente de que el culo podía reventar su blanca minifalda en cualquier momento. Se agachó a firmar unos papeles y yo no pude remediar echarme la mano al paquete. La costurilla de la falda se le abría. Yo me frotaba la bragueta. La cosa se me puso bastante dura.

    -Es usted un enfermo -me dijo una señora gorda que salía del ascensor.

    -Señora, esto es un hospital, ¿qué esperaba?

    Me largué de allí erecto y ruborizado. La vida era bella.

    Volví a la habitación, me despedí de Paul, y salí del hospital. Paseé despacio. Respiraba profundamente. En la rama de un árbol vi pájaros posados. Eran David Coverdale, Vicente Amigo, Charles Bukowski. Y todos eran Rockefeller.

    Había gente que escribía, cantaba, tocaba flamenco, pintaba cuadros. El motivo era muy simple: la vida estaba llena de cosas que valían la pena. Siempre nos lo andábamos recordando unos a otros, pero había que saber escuchar.

    Yo no iba a tener un infarto a los cuarenta. De hecho, iba a tener un orgasmo a los veinticinco. ¿Cómo? Pues no lo sabía muy bien. Pero al menos iba a hacer algo, que era mejor que no hacer nada.

    Quizá escritor, quizá músico, quizá actor porno. Puede que incluso informático, pero de los de verdad. O a lo mejor todo a la vez. Para empezar volvería a la facultad a terminar la carrera. Me quedaba poco pero nunca había tenido tiempo. Luego ya veríamos.

    VII.

    Volví al trabajo y escribí mi primer relato corto. Empezaba así:

    Estimado señor,

    por la presente comunico mi renuncia al puesto de “Desarrollador Senior” que en la actualidad desempeño, haciéndose ésta efectiva en el plazo de cuatro semanas…


    El resto era un poco ciencia ficción, pero tengo que reconocer que me quedó de puta madre.

    Lo envié a RRHH. La noticia se corrió como la pólvora. A la hora del almuerzo muchos se acercaron a preguntar.

    -¿Es verdad eso? ¿A dónde vas?

    -Pues no lo sé. Simplemente me voy. Quiero hacer otras cosas. Viajar. Ver mundo.

    -¿Y a estas alturas lo vas a dejar todo?

    ¿Todo? ¿Y qué era todo? ¿Un nido lleno de mierda y un vaso con agua? Pero no lo entendían. A la mayoría aún le daban de comer directamente en el pico.

    -Pues sí. Voy a acabar la carrera, y en unos meses me largaré al extranjero.

    -¿Y si no encuentras trabajo?

    -Seguro que lo encontraré.

    -¿Seguro? Tú no puedes estar seguro.

    -Joder que no. Solo hay que mantenerse firme y dar el golpe en el momento adecuado.

    -Se te ha terminado de ir la pelota, macho…

    Podía ser. Pero la cosa es que en mi puta vida me había sentido mejor. Notaba como algo en mi interior crecía, se desplegaba, desde muy dentro, y poco a poco se iba extendiendo hasta mis brazos y mis piernas. Era mi verdadero yo, que volvía. Había sido enterrado, a empujones: la vida no es así, idealismo, tú no puedes, tú no puedes, tú no puedes…

    Pues mira tú por dónde, yo sí puedo. Cojones, ¡cómo me había echado de menos a mí mismo!. Me sentía como justo después de afeitarme, ducharme, comer bien, tomar unas cervezas y echar un polvo.

    No, más bien era como si en ese mismo instante estuviera echando un polvo. ¿Sería eso estar vivo?

    La última hora de trabajo la dediqué a escribir la historia de Rockefeller. La imprimí y la releí. Necesitaba retoques, pero al menos no era papel mojado. Un poquito de belleza había quedado allí capturada.

    Doblé las hojas, me las metí en el bolsillo de atrás del pantalón y me encaminé a la salida.

    Andaba deprisa. No me había dado cuenta de que estaba sonriendo. Bajé en el ascensor. Se abrieron las puertas. Con la mano le dije adiós a Lourdes, que estaba inmersa en su realidad virtual.

    Aquel cordón que una vez había estado a punto de romperse, tiraba de mí con fuerza.

    Salí a la calle. Brillaba el sol. Me sentía ligero, muy ligero. Me había quitado toda la mierda de encima. Eché una última mirada al cristal y el cemento.

    Y luego, amigos, eché a volar.

    Workflow d’une tempête de merde

    Archivado en Français por adehoces, 6 de Diciembre de 2004

    “Plantez la graine de l’avarice dans la fertile terre de la stupidité et vous obtiendrez la belle fleur de la merde”.
    (Confucius)

    Tout commence avec un délire de grandeur d’un nain mental qui a toujours envié tout ce qu’il ne méritait pas. Peut-être un complexe d’infériorité chronique, peut-être avoir vécu à l’ombre d’un grand frère à qui tout réussissait, ou alors trop de télévision. Toujours est-il qu’un jour fatidique arrive ou notre nain mental, avec beaucoup d’efforts, obtient une licence. Ce soir-là, il monte sur une colline, diplôme en main, le rouge crépuscule dans son dos, lève les yeux et crie au ciel:

    “Avec Dieu comme témoin, je jure qu’un jour je serais quelqu’un !!… Avec Dieu comme témoin, je jure qu’un jour je donnerais des conférences!!…Avec Dieu comme témoin je jure qu’un jour j’aurais une armoire pleine de costumes d’Armani!! Avec Dieu comme témoin je jure qu’un jour, je boirais le café avec un président!!”

    Alors se produit le miracle de la métamorphose, mais à l’envers. Dans ce cas un frêle papillon meurt et une grosse chenille gluante naît. Souhaitons la bienvenue à Monsieur Don Capullo(1), visionnaire, entrepreneur, directeur. Une cravate, un peu de gel, un attaché-case noir avec fermeture dorée, un balai dans le cul. Un déséquilibre dans le système vient de naître: l’alter ego Don Capullo achètera des choses que Nain Mental ne pourra pas payer. Et jusqu’a ce que quelqu’un s’en rende compte, des dettes seront crées. Des dettes que nous devrons payer.

    Don Capullo est un type très culte. Il a lu cette oeuvre d’art de la littérature universelle, “qui m’a volé mon fromage?”. Ça lui a pris du temps, mais il a compris le message: pédé le dernier, et celui qui arrive derrière, qu’il fasse avec. Don Capullo veut le fromage. Où est à l’heure actuelle le fromage? Sur Internet. La graine en forme de modèle de commerce a été plantée dans l’attaché-case noir. La fleur de la merde ne se fera pas attendre. Smoke Solutions est né, que la représentation commence!

    Le pas suivant c’est monter la scène. Il faut louer une cage pas chère dans n’importe quel zoo technologique et il faut déposer un nom de domaine aguicheur, quelque chose qui suggère expansion, valeur, futur, en définitive “nous somme encore petits, mais bientôt nous allons doubler votre investissement”. Il est recommandé de lui donner un air impérial (Rome, ou alors l’Egypte) qui suggère grandeur culturelle et un nuage anglo-saxon qui suggère nouvelle technologie. Entelequisys, Intelectis, Singergius, Keopsolutions, Evolucius, Netsupreme… les combinaisons sont infinies.

    Maintenant il faut les acteurs. L’acteur idéal est celui qui croit réellement en son rôle. Les petits poussins fraîchement sortis de leurs coquilles et les vieux corbeaux malades sont les profils idéaux. Don Capullo va s’entourer d’adeptes et leur racontera sa vérité : «Je suis le fils du futur, j’ai vu la lumière du demain. Celui qui croira en moi découvrira la vie éternelle. Mais vous devrez avoir foi et ne jamais succomber à la tentation.» C’est-à-dire, tant qu’on va croire au conte de fée, on va avoir un emploi à vie (ha, ha), et que si un jour quelqu’un affirme «ce type n’est qu’un nabot mental et un comédien» on va le condamner au bûcher. C’est le démon qui apparaît sous la forme d’un programmeur qui se croit intelligent. C’est l’ange déchu, qui veut arriver plus haut que dieu.

    L’histoire nous montre l’effectivité de ces structures basées sur le «on change le pain et la consolation par la foi aveugle». Quelques unes durent déjà depuis deux mille ans.

    Arrive le grand jour de la première. Tous les acteurs connaissent leur rôle, qui a été repartit en Power Point, et ils l’adorent. Celui qui à acheté le switch est l’expert en réseaux intelligents, celui qui a mis en marche le serveur l’expert en déploiement de projets distribués, celui qui a mis le “s” derrière l’http notre expert en sécurité de l’information, celui qui a inclus “encoding=UTF-8″ dans l’XML notre expert en internationalisation, et celui qui a écris le JSP de mille lignes sans un seul include ou usebean, notre gourou Java. Trac. Le rideau se lève. Le public, les possibles investisseurs, remplissent la salle. Les lumières s’éteignent, le projecteur s’allume. F5, commencer présentation.

    Pendant deux heures nous nous promenons dans le demain. Automatisation, intelligence artificielle, navettes spatiales. Téléphones mobiles avec vidéoconférence holographique en 3D. Télé transporteurs dimensionnels. On va vous positionner dans le futur. On va vous rapprocher de vos clients. On va vous éloigner de votre concurrence. Encore mieux, on va désintégrer votre concurrence ! On va vous mettre dans le lit de vos clients ! On va doubler, tripler, MILLIONIFIER VOTRE INVESTISSEMENT ! JUSQU’OÙ VOULEZ VOUS ARRIVER?

    Fin de la représentation. Applaudissement, larmes d’émotion. Quelques investisseurs se frottent déjà les mains. On dit que l’assesseur financier d’un président qui veut investir les fonds publics pour améliorer la qualité de vie de son pays est là incognito, seulement en échange d’un paquet d’actions au nom de son beau-frère, qui va dévier le cinq pourcent de l’investissement à des mains amies au même instant de sa sortie en bourse (on n’est jamais contre une petite îles aux caraïbes ; ce sont les petits plus qu’offre le fait de sacrifier sa vie pour autrui et le bien-être de son peuple).

    Avalanche de questions. De quelle couleur vont être les navettes spatiales? Platine avec des nervures dorées. Quelle portée auront les télé transporteurs? D’un bout à l’autre de la planète en une nanoseconde, en combinant les super cordes et les trous noirs. Quelle autonomie auront les mobiles holographiques? Illimitée grce à la fusion froide. Et comment allez-vous faire tout ça? demande quelqu’un. Silence gêné. Les petits poussins et les vieux corbeaux regardent Don Capullo, qui se lève avec son meilleur sourire d’auto complaisance et leur parle des synergies, des convergences, David et Goliath, les pyramides, Apple et le garage de Steve Jobs, Yahoo et la camionnette de Jerry Yang et David Filo. La graine est là -il pointe son attaché-case- il faut juste l’arroser.

    Et voilà, presque comme si de rien n’était, on a cinquante millions d’euros dans un compte des îles Caïman. Maintenant il faut faire preuve d’ingéniosité et commencer à bien arnaquer. Il faut justifier chaque pincée prise au sac, alors il faut de l’imagination. Le premier canal de détournement de fonds c’est le salaire (vous me direz si 8.000 euros nets par mois n’est pas un salaire excessif pour un simple balai truffé de gel). Mais on s’habitue vite au salaire, la maintenance de la Mercedes est chère, et la villa dans la montagne n’est pas donnée. Il arnaquer plus, et mieux.

    À ce moment on utilise la méthode facile, le donuts égyptien. On sort les donuts (ces cinquante millions d’euros des Caïmans), et des plein d’amis sortent de nulle part(2). Un ami qui te fait un software, un autre qui te vend le hardware, et un troisième qui te décore le bureau.

    Alors on se met et position égyptienne et pendant qu’avec une main on caresse le dos à notre nouvel ami, avec l’autre on choppe la commission en noir. Si les commissions sont trop petites, on peut toujours s’acheter soi-même moyennant des entreprises fantômes au nom du cousin Eustache. Exemples pratiques : projet de décoration de bureau (une tableau et deux pots de fleurs), douze milles euros. Système de CRM (une base de donnée Access faite en une heure) cent mille euros. Et on continue.

    Pendant quelques temps la vie est merveilleuse. On donne des conférences, on porte des costumes d’Armani, on prend le café de temps en temps avec le président. Escapades à la montagne, aux caraïbes, balades en décapotable. Voilà un triomphateur. Mais les donuts ne se multiplient pas. Un jour, quelqu’un se gratte la poche et demande : «où sont mes millions?». On commence à tirer du fil et on arrive à la pelote : l’attaché-case. Montrez vos cartes, monsieur Don Capullo. Ouvrez l’attaché-case.

    Don Capullo convoque une macro réunion. Employés, assesseurs, directifs, investisseurs. Même le cousin Eustache est là. La boîte de Pandore va s’ouvrir. Don Capullo monte à l’estrade, dépose l’attaché-case devant un ventilateur de dimensions considérables, marque la combinaison, et l’ouvre.

    Tout le monde est noyé par la merde. Les têtes tombent, les sanctions volent, les dénonces sont légions. Ceux qui finissent le plus mal sont les poussins, leur rêve d’experts-en-dérivation-de-forloies est fini. Dans la prochaine entreprise il faudra revenir sur Terre, apprendre à coder, et transpirer sec. Certains ne s’en remettent jamais.

    Une fois le cirque est démonté et la tempête est passée, il faut récupérer le fric. Don Capullo se cramponne au trop connu «Tatata, tout investissement est un risque», et se lance à nouveau dans le fromage, peut-être dans le brevet des gènes. Alors c’est comme toujours. On informe la presse du classique «CRISE DANS LE SECTEUR», «L’ÉCONOMIE ENTRE DANS UNE NOUVELLE PHASE RÉCESSIVE», «ÉTAPE DE MÉFIANCE», etc. Si l’investisseur était une banque : on baisse les salaires et on monte les intérêts. C’était une entreprise téléphonique : on baisse les salaires et on monte les prix des communications. Nous, on est baisés comme d’habitude, avec le chantage habituel : on se serre la ceinture ou on ferme l’entreprise.

    Il y a un cas extrême : quand il s’agit des fonds publics d’un pays et que l’arnaque est à grande échelle, la fleur de la merde est arrosée en abondance et finalement il donne ses fruits : les casseroles.

    _______
    (1) NdT : Capullo en espagnol veut dire chenille, mais aussi, plus vulgairement, gland
    (2) NdT : référence a une pub espagnole : «sacas los donetes y te salen amigos de todas partes»

    Traducción:
    Leo Lozes [mail]

    Teddybear Consulting

    Archivado en Français por adehoces, 4 de Diciembre de 2004

    Il y a quelque temps je revenais du boulot en train, en méditant sur les différents aspects transcendantaux de mon existence (en quoi me suis-je trompé, d’ou peuvent bien sortir tout ces incompétents, quelle odeur peut bien avoir une ressource humain …) quand j’interceptais une conversation des sièges d’à côté:

    - Alors, c’est allé comment votre année fiscale?

    - Pas mal du tout, on a facturé presque un 15% de plus que l’année d’avant.

    - Nous on a maintenu le taux de croissance.

    Les voix venaient de derrière deux exemplaires de journaux d’économie. Tiens -pensais-je- voilà donc deux grands directeurs. Comme ceux qui parlent de millions d’euros comme qui parle d’aller se faire une petite bouffe, comme ceux qui décident aujourd’hui les tendances des marchés du demain, comme ceux qui…

    - Bon, à plus Javi, moi je descend ici, je vais à mes cours de badminton.

    - Allez, a la prochaine Fran…

    C’était deux gamins enfouis dans des costumes trop grands pour eux. On voyait encore les restes d’acné. Leur cartes d’identification disaient: Javier Maneras, Bibiandersen Consulting(1) Junior Consultant; Francisco Minglanillas, Teddybear Point, Junior Consultant. Javi sortit du train. Dans une main son journal financier, dans l’autre un sac avec son yogourt liquide et une poire. Il se perdit dans la foule, en marchant avec cette rectitude caractéristique de l’employé satisfait d’une grande multinationale, comme s’il avait un balai dans le cul. Minglanillas reprit la lecture de sa feuille de chou avec un demi-sourire du genre “tss … voyons ce qu’il ont écrit aujourd’hui … mais bon, je le sais déjà sûrement…”

    On a facturé. Nous. La corporation. Il n’y a plus de moi, il n’y a plus que nous. Le pluriel corporatif. “Je bosse, tu bosses, il empoche, nous facturons, vous facturez, ils se tapent la belle vie”. Et tout le monde est content. Comment font ces grandes compagnies pour avoir la majorité de ses employés qui bossent sans heure de sortie, souvent de lundi à dimanche, avec des salaires initialement misérables qui augmentent nettement plus lentement que le stress, et malgré tout auto-satisfaits, corporativisés et minéralisés? Drogues, hypnose? Traitement Ludovico, chambre 101?

    Non. Ça n’est pas nécessaire. Il faut juste appliquer le principe de la corporation américaine: traiter l’employé comme si c’était un client. Et comment traite-t-on le client? Allumons un instant le téléviseur: “avec votre mobile Cadena aujourd’hui vous êtes un peu plus libre … Briquets Immolator, l’étincelle de votre vie ...”

    Effectivement. On traite le client comme si il était con; l’employé, aussi. Et ça marche. Ça marche merveilleusement bien.

    Vendredi, 8:45 AM, Bureaux de Teddybear Point Consulting. Directeur technique au téléphone avec un client.

    [directeur] DES TABLES!!? Non, non, nous n’avons pas de tables. Si vous voulez des tables, allez à Ikea. Nous on offre des surfaces quadrupèdes de déploiement et exploitation compatibles dot NET et J2EE, avec système de synchronisation de filostres et dérivation de forloies(2). Vous n’avez pas besoin d’une technologie aussi pointue? Ça n’est pas l’avis de votre concurrence. Vous ne savez pas ce qui vous attend dans le secteur… croyez-moi, nos dernières analyses indiquent que dans trois mois tout modèle de commerce qui ne contemple pas la dérivation de forloies dans ses surfaces quadrupèdes va être considéré désuet. Vous ne voulez pas finir comme ça, non … oui, oui, exactement … considérez ça comme un investissement à moyen terme. Investir dans les forloies, c’est se positionner sur le marché du demain. Pour lundi? Oui, pas de problème, je vous envoie notre meilleur analyste … d’accord. À bientôt.

    Il raccrocht et actionnt l’interphone:

    [directeur] Maika, bonjour, s’il te plait, appelle-moi un junior au bureau avec l’heure d’overtime à moins de 15 euros. Oui, tout de suite. Merci.

    [mégaphone] Monsieur Francisco Minglanillas, monsieur Francisco Minglanillas, on vous attend au bureau du directeur…

    Fran sortit de son cubiculum, se remit le noeud de cravate en place et s’introduisit son meilleur balai. Cinq minutes après il entrait dans le bureau du directeur, qui l’attendait avec les bras ouverts et un grand sourire de dents pointues.

    [directeur] Monsieur Minglanillas! Asseyez-vous … Une grande occasion s’offre à nous, et on a tout de suite pensé à vous. C’est un projet de surfaces quadrupèdes.

    [Minglanillas] Filostres et forloies?

    [directeur] Excellent. Nous savions que vous étiez le candidat idéal. On va vous demander un petit sacrifice, monsieur Minglanillas. Le projet doit être prêt pour lundi.

    [Minglanillas] Comptez sur moi.

    [directeur] Excellent. Nous savions que vous vous montreriez à la hauteur. Considérez votre effort comme un investissement à moyen terme. Les experts en forloies d’aujourd’hui sont les analystes du demain.

    [Minglanillas] Une question: tout projet de surfaces quadrupèdes requiert une logistique initiale. Elle est prête?

    [directeur] Ah oui. Les tables. Achetez-les cet après-midi à Ikea.

    Minglanillas sortit du bureau en se répétant mentalement: “Analyste, analyste, analyste…” Il avait une érection. Il chercha un moment sur Internet et téléchargea deux fichiers .pdf: “Filostres in a Nutshell” et “L’odeur d’une forloie”.

    ________________

    (1) NdT : Bibi Andersen est un acteur travelo assez connu.
    (2)NdT: Filostros y forlayos en espagnol. Non, ça ne veut rien dire non plus.


    Traducción:
    Leo Lozes [mail]

     ·