La crisis de los huevos
I.
Sucedió un lunes. Estaba hecho polvo. El fin de semana había sido corto: el sábado había tenido que ocuparme de unas “pequeñas incidencias” en el proyecto Porsche. Refactorizaciones, capas de pintura y apretones de tuercas hasta las tres de la mañana. Ahora ya era el proyecto PARCHE.
Era tarde. Como quería irme a dormir, las incidencias más surrealistas las resumí en un documento llamado “Posibles mejoras para la siguiente versión”, que posteriormente fue renombrado por mi manager a “Proyecto Porsche v2.1.0, análisis funcional y técnico” y subcontratado a un equipo de desarrollo en la India por mil euros. Realmente nunca íbamos a salir de la mierda.
Me fui a casa tan preocupado por descansar que no pegué un puto ojo. Me molestaban las luces de los enchufes y tuve que taparlas todas. Luego era el tic-tac del reloj de la cocina. Le quité las pilas y cogí una cerveza de la nevera. Volví a mi cama, encendí el televisor y Chuck Norris intentó venderme un “abdominaizer“. El tío había llegado lejos por los cojones.
Me dormí cuatro cervezas después y no soñé con nada. Desperté el domingo a las ocho de la tarde y no es que me encontrase mucho más descansado, así que me quedé tumbado viendo películas. Me puse “1984″, “Abre los ojos”, y para terminar “2001: Una odisea espacial”. Luego me quedé mirando al techo, y cuando ya empezaba a conciliar el sueño, sonó el despertador. Era lunes.
Llegué al trabajo y revisé el correo. La empresa me daba las gracias por el esfuerzo suplementario en el proyecto Parche y me informaba de que la siguiente versión iba a ser subcontratada. Me asignaban como desarrollador jefe del proyecto WorkMatrix, una herramienta interna diseñada para agilizar el trabajo en la compañía. Vamos, otro workflow. A las doce se presentaba el prototipo. Mi manager había estado “trabajando” en ello los últimos dos meses. Me iba a cagar.
No había nada más difuso, inútil, borroso y sangrante que un proyecto interno. Era una especie de orgía en la que participaba toda la empresa y a mí siempre me daban por el culo. Pasaba como en el chiste: faltaba organización.
Para matar el tiempo y no desmayarme me tomé tres cafés. Por fin dieron las doce y me fui a la presentación. Estaban todos sentados alrededor de la mesa de juntas, en el centro había una caja negra con letras doradas: WorkMatrix. La gran pantalla de plasma en la pared presentaba una diapositiva con el logo de la compañía sobre fondo azul, y una foto con gente sonriente. Nos condicionaban desde el principio.
Mi manager estaba allí de pie con su corbata torcida, su sonrisa, y su escoba bien ajustada. Mostraba amplias manchas de sudor en los sobacos y la enorme barriga le deformaba la camisa, que se abría y dejaba ver un ombligo peludo. El tío de verdad que era un poema.
-¿Falta mucho para que empiece la orgí… la presentación? -le pregunté.
-Estamos esperando a Ivon.
Ah, Ivon, Ivon. Jefa del departamento de consultoría. Supercorporativa que te cagas, o sea. Trajes de pantalón negro, tacones, siempre con sus prisas y su aire de importancia, como si todo el orden mundial dependiese de ella. Siempre parecía andar muy tensionada. Yo creo que follaba poco.
Ivon tenía algo que la situaba muy por encima del resto de los mortales: había hecho un master en EEUU. Siempre hablaba de su master en EEUU. Por lo visto hasta entonces había sido como los demás: instituto, universidad, libros, fotocopias, tiza. Incluso había echado algún que otro polvo. Pero luego se había ido a América seis meses y allí le habían revelado oscuros secretos celosamente custodiados por los caballeros de la orden del temple, que con el tiempo se habían hecho auditores. Y por lo que se ve, también la habían intervenido quirúrgicamente y le habían cambiado el chocho por uno nuevo, que era de oro.
Ella me odiaba. A mí me importaba una mierda.
Total que apareció Ivon con sus prisas y su chocho de oro y su PDA con mil funciones que nunca utilizaría. Tomó asiento, miró a mi manager y asintió solemne, como dándole permiso para comenzar. Él pulsó un botón en el mando a distancia y las luces bajaron de intensidad. Se hizo el silencio.
-Buenos días y bienvenidos a la presentación del prototipo WorkMatrix, una herramienta que agilizará nuestro trabajo, nos ahorrará costes y añadirá valor a nuestros proyectos mediante la automatización de…
De pronto me recordó a Chuck Norris. Siguió allí masturbándose largo rato y al final dijo:
-Y sin más dilación, permítanme presentarles la herramienta.
Marcó la combinación de la caja negra y retiró el cierre, que centelleó bajo los focos. Hizo una pausa y finalmente abrió la caja.
II.
Allí dentro había un cartón de huevos. De cuatro por cuatro. En total dieciséis huevos. Yo me sentía confuso y el primer huevo de cada fila estaba pintado en azul. Ivon tomaba notas en su PDA. Los demás sonreían y asentían, complacidos. Yo no lo entendía.
Si alguien vio allí un simple cartón de huevos probablemente pensó que era culpa suya por no haber cursado estudios de postgrado y se tragó la mierda. Yo ni siquiera había entregado el PFC pero no me iban a dar huevo por liebre. El sentido común no te lo implantan en EEUU.
El gordo empezó a explicar las maravillas del cartón de huevos.
-Nuestros proyectos se componen de cuatro fases bien diferenciadas: análisis de requerimientos, diseño, implementación y pruebas. Hasta ahora no hemos tenido un soporte persistente para estos estados. WorkMatrix es la solución. ¿Ven este componente azul? Es un indicador o puntero.
El gordo o era un cínico o le faltaba un tornillo. Pintaba un huevo de azul, le llamaba puntero y se quedaba tan ancho. Siguió hablando:
-Cada vez que comencemos un proyecto, el puntero será situado en la primera columna de la matriz de trabajo.
Tócate los cojones, Manolo.
-Cada vez que finaliza una fase, si el puntero está situado en la columna X, el jefe de proyecto intercambiará el puntero por el componente de la columna X+1.
Ivon, que había hecho un master en EEUU, preguntó:
-¿Recibiremos notificaciones de los cambios de estado?
-El prototipo aún no contempla la opción, aunque está diseñado para soportarla. En la primera release incorporará un agente de polling que comprobará periódicamente el status de la matriz y se encargará de notificar a los subscriptores.
Yo ya me veía yendo cada hora al CPD a ver como estaban los huevos y luego oficina por oficina: Buenos días, soy su agente de polling y vengo a notificarle que se le ha movido un huevo. Mi madre podía estar orgullosa.
Un jefe de proyecto preguntó:
-¿Es el sistema tolerante a fallos? ¿Realiza copias de seguridad?
-En la siguiente release el sistema creará snapshots periódicas del status en soporte digital y podrá hacer un rollback en caso de fallo.
Cada vez estaba más alucinado. ¿A que compraban una cámara digital? Además de polling tendría que hacer fotos.
-Si no me equivoco WorkMatrix puede manejar hasta cuatro proyectos en paralelo. ¿Cierto? -dijo Ivon.
Ivon sabía contar huevos. Lo había aprendido en un master en EEUU.
-Efectivamente Ivon, buena observación -dijo el gordo sudoroso-, cuatro ha sido la cota superior resultado del análisis de concurrencia.
Yo creo que se lo pasaban bien.
-Pero, si no me equivoco, el sistema reducirá costes y dejará recursos libres, así que probablemente podamos mejorar esa cota.
-Sin lugar a dudas, Ivon. En la siguiente release el sistema se escalará según necesidades de explotación.
Qué cachondeo. Yo quería participar, así que pregunté:
-¿Y no podíais haber dejado sólo el puntero en cada fila, y simplemente haberlo cambiado de casilla? Nos habríamos ahorrado doce componentes por cada matriz de trabajo.
-Por supuesto que se contempló la opción, pero hemos optado por este modelo por motivos de robustez y coherencia.
Ciertas chorradas simplemente no se podían rebatir. Eso no me gustaba. Empezaba a sentirme mareado. Tenía ojeras.
Un lerdo-programador preguntó:
-¿Qué pasa con la fase de revisión?
Al tío le preocupaba porque ahí era donde se salvaba su culo.
-Lo cierto es que en el feedback inicial no se habló de fase de revisión.
Normal. Porque a mí no me preguntaron. Estaba ocupado revisando.
-Pero el sistema es customizable -siguió el manager-, así que podemos añadir la fase a la matriz. De hecho se me ocurre que…
Sacó del bolsillo una pluma y le pintó una X al huevo puntero. Luego se dirigió a la audiencia.
-El flag indicador de revisión se hallará inicialmente deshabilitado y quedará en la parte privada del componente -le dio la vuelta al huevo azul dejando la X oculta-. Cuando el puntero salte a la casilla X=4, nuestro jefe de proyecto habilitará el flag de revisión.
Volvió a darle la vuelta al huevo puntero dejando al descubierto la X. Se oyeron “ohhs” y “ahhhs”. Ivon sonrió y siguió tomando notas en la PDA. El gordo dijo:
-Trucos rápidos -se golpeó dos veces la sien con el índice-, ésta es la clave del mercado del software.
Vamos, un genio que era el tío. Aquello era muy frustrante. Uno se devanaba los sesos con metacompiladores y luego un gordo sudoroso le ponía una X a un huevo y se llevaba toda la gloria. Por joderle un poco le dije:
-¿Por qué no pintas indicadores en los cuatro componentes? Así podremos codificar el status en binario según la posición de cada indicador, resultando dos elevado a cuatro combinaciones, o sea dieciséis estados posibles…
-No, añadiría demasiada complejidad al sistema -dijo el gordo-, la simplicidad es nuestra piedra angular. Además aquí no se trata de reinventar la rueda.
Matar. Quería matar a ese hijoputa. A sangre fría, con mis propias manos, lentamente. Verle sufrir. Llorar. Implorar.
-Sí -dijo Ivon-, no todos tenemos por qué saber binario. Si algo aprendí en EEUU es a tener en cuenta la perspectiva del usuario. La clave del éxito está en la usabilidad.
Algo se estaba derrumbando en mi interior.
-Es que estos informáticos lo ven todo desde el punto de vista de los informáticos. Es su problema: son demasiado estrechos de miras -concluyó el gordo.
Evidentemente algo se había podrido en el sector informático. Veinte capullos con PDA´s se podían reunir alrededor de una caja de huevos y hacerte sentir como un gilipollas.
El sudoroso pulsó otro botón del mando y la gran pantalla mostró la siguiente diapositiva:
Prototipo WorkMatrix. Retos futuros.
Cuidado. Ahora venía la apoteosis de la orgía. Ya todos se habían manoseado y rechupeteado convenientemente. Estaban cachondos. Iban a por mi esfínter.
Escalabilidad.
Transaccionalidad.
Sistema de polling.
Tolerancia a fallos.
Copias de seguridad.
Mensajería instantánea.
La diapositiva fue comentada por el gordo:
-WorkMatrix será completamente funcional en la próxima release, a tiempo para comenzar el nuevo año fiscal en un entorno centralizado y automatizado. La siguiente fase dará comienzo con carácter inmediato, y contará con el señor Fuckowski como desarrollador…
Todos al suelo. Avalancha de mierda.
III.
El caso es que a mí el circo me parecía muy bien, eso de reunirse todos con sus flamantes sonrisas y sus escobas y sus PDA´s, y chuparse y manosearse, y jugar al despiste, a la demagogia, a los líderes del sector, a los triunfadores emprendedores de actitud positiva… Espléndido, de verdad que sí. A poner la mano a fin de mes y a vivir la vida. Ole sus huevos, y sus masters y sus dotes de mando y sus loquefueran, yo sólo era un desarrollador indocumentado cuyo absurdo objetivo en la vida era llegar al punto de alienación cero. Ellos eran todo un modelo de negocio y yo un simple recurso humano.
Pero la gran ecuación de su modelo de negocio tenía un “pequeño” inconveniente: generaba un resto de mierda. Mierda en grandes cantidades. Y toda la jerarquía, las estructuras internas, los contratos y los canales de comunicación formaban una gran red de alcantarillas que inexorablemente canalizaba hasta la última gota de mierda a mi mesa. Además la red tenía una doble función: también canalizaba hasta el último euro de beneficios a sus salarios. Sublime. Sabían construir semejante monstruo y luego no tenían cojones de hacer un miserable workflow. Debía ser una especie de sabiduría hereditaria, instintiva, como la de las termitas o las ratas.
¿Qué había hecho yo? ¿Era mi karma? En tal caso yo en otra vida había el mismísimo Keops y ahora estaba pagando por los cien mil esclavos. Aquello no podía seguir así, tenía que hacer algo. Pensé en irme a vivir a la India y pasarme el día meditando. Pero no, al final tendría que buscar trabajo y seguro que me acababa comiendo el Porsche v2.1.0.
-¿Alguna cuestión, señor Fuckowski? -el gordo me sacó de mis elucubraciones.
-Pues si. Faltan sólo cuatro semanas para el nuevo año fiscal. Cuatro semanas son a todas luces insuficientes, teniendo en cuenta que hay que empezar de cero. Me gustaría…
Todos me miraron sorprendidos. Yo, por alguna razón, me quedé en blanco.
-¿Empezar de cero? Usted es un experto en programación orientada a objetos, señor Fuckowski, ¿nos está diciendo que no va a ser capaz de reutilizar estos componentes?
No tenía fuerzas. No había dormido y había abusado del café. Era demasiada presión. Sólo pude decir:
-¿Componentes? Pero… ¿¿Vosotros que veis aquí??
Me miraban de forma extraña. Me pitaban los oídos. El tiempo parecía haberse parado. Todo era amenazante. Me vino a la cabeza un pasaje de 1984: ¿Cuántos dedos ves aquí, Winston? ¿Cuatro? ¿Y si el partido dice que son cinco…?
Ellos dijeron:
-WorkMatrix.
Y, finalmente, noté como algo en mi interior se rompía. Probablemente fuera el esfínter.
-Tengo que salir un momento. Disculpen. -dije.
Me levanté y anduve hasta la puerta, en la que estrellé mi nariz. Luego la abrí y salí al pasillo. Me apoyé en el depósito de agua. Estaba hiperventilando. Sudaba. Sentía pánico. Corrí al cuarto de baño, abrí el grifo del lavabo y metí la cabeza debajo. Cuando la levanté, vi mi imagen reflejada en el espejo. Me había convertido en un monstruo deforme. Me acordé de Abre los ojos y grité: ¡¡¡QUE ALGUIEN ME DIGA LA VERDAD, JODER!!!
Caí hacia atrás y me golpeé la cabeza. Entonces comprendí la verdad. Yo era un monstruo. Un monstruo defectuoso, envidioso y resentido. Quería ver huevos donde había un WorkMatrix, porque quería sentir desprecio por ellos. Yo estaba enamorado de Ivon y por eso prefería pensar que follaba poco. Por celos. Yo quería haber estado a su altura, quería haber ido a EEUU a que me pusieran una polla de oro.
IV.
Decidí salir a tomar el aire y digerir mi nueva realidad. Ahora todo iba a ser más fácil. Me situé frente a la puerta del ascensor. Podía ver mi imagen borrosa reflejada en ella. Corbata, camisa blanca, tarjeta de identificación. Si no fuese por la abundante sangre en mi camisa parecería un feliz Minglanillas.
El ascensor se abrió ante mí. Dentro iban un electricista y una limpiadora. Me miraron con los ojos como platos. Ella tenía una escoba en la mano, no metida por el culo. Así era mejor. El electricista se dirigió a mí.
-Vaya, ¿Cuál es tu problema?
-Me sobran huevos.
Se rieron. La limpiadora le dijo al electricista:
-A que no sabes lo que he visto hace cinco minutos. Un montón de capullos aplaudiendo alrededor de un cartón de huevos.
-¡Irían a hacer una tortilla! -dijo él, y se rieron a carcajadas.
Tuve un orgasmo espiritual. Qué simple. Qué fácil. Los huevos son huevos. Dios, qué personas tan bellas. Esas risas sonaban a risas de verdad. Ellos eran de verdad. Comían, se reían, cagaban. Estoy seguro de que Ivon no cagaba nunca.
En mi cabeza sonó la banda sonora de 2001, Así habló Zaratustra. Sonaban trompetas. Por detrás del horizonte asomaba lentamente un huevo. Brillaba como el sol. Yo estaba dentro, renaciendo.
El ascensor llegó a la primera planta y se abrieron las puertas. Quería abrazar a esas personas, besarlas, fundirme con ellas. El electricista tenía barba y me daba grima, así que me arrodillé, cogí la mano de la limpiadora, la besé, extendí mi mano libre hacia la puerta y dije:
-Después de usted, milady.
Se rió y salio. El electricista me miro raro. Dije:
-Milord…
Salió también. Las puertas se cerraron. El eco de sus risas aún resonaba en mis oídos. Esa era la diferencia. Ellos se reían. Yo ya sabía lo que hacer. Subí a la segunda planta. Iba a volver a mi pesadilla, pero renacido.
Crucé el pasillo pero no entré a la reunión. Fui directo a mi mesa, abrí Word, y escribí:
Fuckowski. Memorias de un programador.







4.5 (votar)
utilizado por ese personal altamente cualificado con amplia experiencia en [pon aquí lo que quieras] y que al final resulta no saber hacer la O con un canuto, pero que se las apaña para sobrevivir con una técnica parecida al ataque del salchichón, pero a la inversa: la técnica del ¿Tienes un minuto? Minuto en el que siempre preguntan exactamente aquello que les pagan por saber.
-Buenos días y, ante todo, gracias por su asistencia. Somos una orquesta líder en el sector y necesitamos jóvenes talentos para desarrollar este proyecto…
Al rato el batuta nos dice que le hablemos un poco de nuestra carrera profesional y nuestra impresión acerca del proyecto. Primero le toca al calvorota Warhol:
la sujeción de la armónica, afino un poco mejor la semi-acústica, me pongo el tubo de metal en el meñique y me lanzo a por una versión rápida del “You shook me”. Me sale bastante bien la cosa, el ritmo bien marcado entre guitarra y armónica, intercalando frases agudas muy inspiradas y me improviso un solo más que decente. Acabo con una pentatónica rápida a la vez con la armónica y la guitarra que no creo que pueda volver a repetir.
Batuta, Lechuza, Calvo, Pollo y Petulantic están allí. Me pongo a conectar cables y enchufar amplificadores como un loco, mientras el calvo está sentado en la postura del loto golpeándose rítmicamente la palma de una mano con los dedos de la otra, dando de vez en cuando una palmada sobre su cabeza para después cambiar de mano y vuelta a empezar. El calentamiento hindú es de un rollito un poco gay, pero debe ser la repera por la cara que pone el tío. Lechuza está solfeando un 3/4 con la mano izquierda mientras en la derecha sostiene una partitura de Strauss. Pollo está inmerso en su acercamiento progresivo a las escalas filostras y Petulantic lleva la misma sudadera y escucha algo en su iPod. ¿A que adivino lo que es?
un nosequécosa que no pega ni con cola, pero con los ojos cerrados y una cara de concentración y placer tal que si interpretara perfectamente a Paganini. De pronto se para.
Aquello sonó mas o menos como si a un cerdo le estuvieran quemando los cojones con un soplete. Durante un interminable minuto todo fue agonía y lamento y depresión y suicidio y gritos del cerdo castrado a fuego. Luego se hizo el silencio.
¡¡A dios pongo por testigo de que algún día daré conferencias!!… ¡¡A dios pongo por testigo de que algún día tendre un armario lleno de trajes de Armani!!… ¡¡A dios pongo por testigo de que algún día, tomaré café con un presidente!!
de la literatura universal, “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Le costó algún tiempo, pero entendió el mensaje: maricón el último y el que venga detrás, que arríe.
Teléfonos móviles con videoconferencia holográfica en 3D. Teletransportadores dimensionales. Le posicionaremos en el futuro. Le acercaremos a sus clientes. Le alejaremos de sus competidores. Mas aún, ¡desintegraremos a sus competidores! ¡Le meteremos en la cama de sus clientes! ¡¡¡Duplicaremos, triplicaremos, MILLONIFICAREMOS SU INVERSION!!! ¿HASTA DONDE QUIERE LLEGAR?
Luego se pone uno en postura egipcia y con la mano de arriba le acaricia el lomo al nuevo amigo mientras que con la de abajo trinca uno la comisión en negro.
“Santa Rita Rita, toda inversión es un riesgo”, y se lanza de nuevo a la búsqueda del queso, quizá en la patente de genes.