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    La crisis de los huevos

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 21 de Octubre de 2004

    I.

    Sucedió un lunes. Estaba hecho polvo. El fin de semana había sido corto: el sábado había tenido que ocuparme de unas “pequeñas incidencias” en el proyecto Porsche. Refactorizaciones, capas de pintura y apretones de tuercas hasta las tres de la mañana. Ahora ya era el proyecto PARCHE.

    Era tarde. Como quería irme a dormir, las incidencias más surrealistas las resumí en un documento llamado “Posibles mejoras para la siguiente versión”, que posteriormente fue renombrado por mi manager a “Proyecto Porsche v2.1.0, análisis funcional y técnico” y subcontratado a un equipo de desarrollo en la India por mil euros. Realmente nunca íbamos a salir de la mierda.

    Me fui a casa tan preocupado por descansar que no pegué un puto ojo. Me molestaban las luces de los enchufes y tuve que taparlas todas. Luego era el tic-tac del reloj de la cocina. Le quité las pilas y cogí una cerveza de la nevera. Volví a mi cama, encendí el televisor y Chuck Norris intentó venderme un “abdominaizer“. El tío había llegado lejos por los cojones.

    Me dormí cuatro cervezas después y no soñé con nada. Desperté el domingo a las ocho de la tarde y no es que me encontrase mucho más descansado, así que me quedé tumbado viendo películas. Me puse “1984″, “Abre los ojos”, y para terminar “2001: Una odisea espacial”. Luego me quedé mirando al techo, y cuando ya empezaba a conciliar el sueño, sonó el despertador. Era lunes.

    Llegué al trabajo y revisé el correo. La empresa me daba las gracias por el esfuerzo suplementario en el proyecto Parche y me informaba de que la siguiente versión iba a ser subcontratada. Me asignaban como desarrollador jefe del proyecto WorkMatrix, una herramienta interna diseñada para agilizar el trabajo en la compañía. Vamos, otro workflow. A las doce se presentaba el prototipo. Mi manager había estado “trabajando” en ello los últimos dos meses. Me iba a cagar.

    No había nada más difuso, inútil, borroso y sangrante que un proyecto interno. Era una especie de orgía en la que participaba toda la empresa y a mí siempre me daban por el culo. Pasaba como en el chiste: faltaba organización.

    Para matar el tiempo y no desmayarme me tomé tres cafés. Por fin dieron las doce y me fui a la presentación. Estaban todos sentados alrededor de la mesa de juntas, en el centro había una caja negra con letras doradas: WorkMatrix. La gran pantalla de plasma en la pared presentaba una diapositiva con el logo de la compañía sobre fondo azul, y una foto con gente sonriente. Nos condicionaban desde el principio.

    Mi manager estaba allí de pie con su corbata torcida, su sonrisa, y su escoba bien ajustada. Mostraba amplias manchas de sudor en los sobacos y la enorme barriga le deformaba la camisa, que se abría y dejaba ver un ombligo peludo. El tío de verdad que era un poema.

    -¿Falta mucho para que empiece la orgí… la presentación? -le pregunté.

    -Estamos esperando a Ivon.

    Ah, Ivon, Ivon. Jefa del departamento de consultoría. Supercorporativa que te cagas, o sea. Trajes de pantalón negro, tacones, siempre con sus prisas y su aire de importancia, como si todo el orden mundial dependiese de ella. Siempre parecía andar muy tensionada. Yo creo que follaba poco.

    Ivon tenía algo que la situaba muy por encima del resto de los mortales: había hecho un master en EEUU. Siempre hablaba de su master en EEUU. Por lo visto hasta entonces había sido como los demás: instituto, universidad, libros, fotocopias, tiza. Incluso había echado algún que otro polvo. Pero luego se había ido a América seis meses y allí le habían revelado oscuros secretos celosamente custodiados por los caballeros de la orden del temple, que con el tiempo se habían hecho auditores. Y por lo que se ve, también la habían intervenido quirúrgicamente y le habían cambiado el chocho por uno nuevo, que era de oro.

    Ella me odiaba. A mí me importaba una mierda.

    Total que apareció Ivon con sus prisas y su chocho de oro y su PDA con mil funciones que nunca utilizaría. Tomó asiento, miró a mi manager y asintió solemne, como dándole permiso para comenzar. Él pulsó un botón en el mando a distancia y las luces bajaron de intensidad. Se hizo el silencio.

    -Buenos días y bienvenidos a la presentación del prototipo WorkMatrix, una herramienta que agilizará nuestro trabajo, nos ahorrará costes y añadirá valor a nuestros proyectos mediante la automatización de…

    De pronto me recordó a Chuck Norris. Siguió allí masturbándose largo rato y al final dijo:

    -Y sin más dilación, permítanme presentarles la herramienta.

    Marcó la combinación de la caja negra y retiró el cierre, que centelleó bajo los focos. Hizo una pausa y finalmente abrió la caja.

    II.

    Allí dentro había un cartón de huevos. De cuatro por cuatro. En total dieciséis huevos. Yo me sentía confuso y el primer huevo de cada fila estaba pintado en azul. Ivon tomaba notas en su PDA. Los demás sonreían y asentían, complacidos. Yo no lo entendía.

    Si alguien vio allí un simple cartón de huevos probablemente pensó que era culpa suya por no haber cursado estudios de postgrado y se tragó la mierda. Yo ni siquiera había entregado el PFC pero no me iban a dar huevo por liebre. El sentido común no te lo implantan en EEUU.

    El gordo empezó a explicar las maravillas del cartón de huevos.

    -Nuestros proyectos se componen de cuatro fases bien diferenciadas: análisis de requerimientos, diseño, implementación y pruebas. Hasta ahora no hemos tenido un soporte persistente para estos estados. WorkMatrix es la solución. ¿Ven este componente azul? Es un indicador o puntero.

    El gordo o era un cínico o le faltaba un tornillo. Pintaba un huevo de azul, le llamaba puntero y se quedaba tan ancho. Siguió hablando:

    -Cada vez que comencemos un proyecto, el puntero será situado en la primera columna de la matriz de trabajo.

    Tócate los cojones, Manolo.

    -Cada vez que finaliza una fase, si el puntero está situado en la columna X, el jefe de proyecto intercambiará el puntero por el componente de la columna X+1.

    Ivon, que había hecho un master en EEUU, preguntó:

    -¿Recibiremos notificaciones de los cambios de estado?

    -El prototipo aún no contempla la opción, aunque está diseñado para soportarla. En la primera release incorporará un agente de polling que comprobará periódicamente el status de la matriz y se encargará de notificar a los subscriptores.

    Yo ya me veía yendo cada hora al CPD a ver como estaban los huevos y luego oficina por oficina: Buenos días, soy su agente de polling y vengo a notificarle que se le ha movido un huevo. Mi madre podía estar orgullosa.

    Un jefe de proyecto preguntó:

    -¿Es el sistema tolerante a fallos? ¿Realiza copias de seguridad?

    -En la siguiente release el sistema creará snapshots periódicas del status en soporte digital y podrá hacer un rollback en caso de fallo.

    Cada vez estaba más alucinado. ¿A que compraban una cámara digital? Además de polling tendría que hacer fotos.

    -Si no me equivoco WorkMatrix puede manejar hasta cuatro proyectos en paralelo. ¿Cierto? -dijo Ivon.

    Ivon sabía contar huevos. Lo había aprendido en un master en EEUU.

    -Efectivamente Ivon, buena observación -dijo el gordo sudoroso-, cuatro ha sido la cota superior resultado del análisis de concurrencia.

    Yo creo que se lo pasaban bien.

    -Pero, si no me equivoco, el sistema reducirá costes y dejará recursos libres, así que probablemente podamos mejorar esa cota.

    -Sin lugar a dudas, Ivon. En la siguiente release el sistema se escalará según necesidades de explotación.

    Qué cachondeo. Yo quería participar, así que pregunté:

    -¿Y no podíais haber dejado sólo el puntero en cada fila, y simplemente haberlo cambiado de casilla? Nos habríamos ahorrado doce componentes por cada matriz de trabajo.

    -Por supuesto que se contempló la opción, pero hemos optado por este modelo por motivos de robustez y coherencia.

    Ciertas chorradas simplemente no se podían rebatir. Eso no me gustaba. Empezaba a sentirme mareado. Tenía ojeras.

    Un lerdo-programador preguntó:

    -¿Qué pasa con la fase de revisión?

    Al tío le preocupaba porque ahí era donde se salvaba su culo.

    -Lo cierto es que en el feedback inicial no se habló de fase de revisión.

    Normal. Porque a mí no me preguntaron. Estaba ocupado revisando.

    -Pero el sistema es customizable -siguió el manager-, así que podemos añadir la fase a la matriz. De hecho se me ocurre que…

    Sacó del bolsillo una pluma y le pintó una X al huevo puntero. Luego se dirigió a la audiencia.

    -El flag indicador de revisión se hallará inicialmente deshabilitado y quedará en la parte privada del componente -le dio la vuelta al huevo azul dejando la X oculta-. Cuando el puntero salte a la casilla X=4, nuestro jefe de proyecto habilitará el flag de revisión.

    Volvió a darle la vuelta al huevo puntero dejando al descubierto la X. Se oyeron “ohhs” y “ahhhs”. Ivon sonrió y siguió tomando notas en la PDA. El gordo dijo:

    -Trucos rápidos -se golpeó dos veces la sien con el índice-, ésta es la clave del mercado del software.

    Vamos, un genio que era el tío. Aquello era muy frustrante. Uno se devanaba los sesos con metacompiladores y luego un gordo sudoroso le ponía una X a un huevo y se llevaba toda la gloria. Por joderle un poco le dije:

    -¿Por qué no pintas indicadores en los cuatro componentes? Así podremos codificar el status en binario según la posición de cada indicador, resultando dos elevado a cuatro combinaciones, o sea dieciséis estados posibles…

    -No, añadiría demasiada complejidad al sistema -dijo el gordo-, la simplicidad es nuestra piedra angular. Además aquí no se trata de reinventar la rueda.

    Matar. Quería matar a ese hijoputa. A sangre fría, con mis propias manos, lentamente. Verle sufrir. Llorar. Implorar.

    -Sí -dijo Ivon-, no todos tenemos por qué saber binario. Si algo aprendí en EEUU es a tener en cuenta la perspectiva del usuario. La clave del éxito está en la usabilidad.

    Algo se estaba derrumbando en mi interior.

    -Es que estos informáticos lo ven todo desde el punto de vista de los informáticos. Es su problema: son demasiado estrechos de miras -concluyó el gordo.

    Evidentemente algo se había podrido en el sector informático. Veinte capullos con PDA´s se podían reunir alrededor de una caja de huevos y hacerte sentir como un gilipollas.

    El sudoroso pulsó otro botón del mando y la gran pantalla mostró la siguiente diapositiva:

    Prototipo WorkMatrix. Retos futuros.

    Cuidado. Ahora venía la apoteosis de la orgía. Ya todos se habían manoseado y rechupeteado convenientemente. Estaban cachondos. Iban a por mi esfínter.

    Escalabilidad.
    Transaccionalidad.
    Sistema de polling.
    Tolerancia a fallos.
    Copias de seguridad.
    Mensajería instantánea.

    La diapositiva fue comentada por el gordo:

    -WorkMatrix será completamente funcional en la próxima release, a tiempo para comenzar el nuevo año fiscal en un entorno centralizado y automatizado. La siguiente fase dará comienzo con carácter inmediato, y contará con el señor Fuckowski como desarrollador…

    Todos al suelo. Avalancha de mierda.

    III.

    El caso es que a mí el circo me parecía muy bien, eso de reunirse todos con sus flamantes sonrisas y sus escobas y sus PDA´s, y chuparse y manosearse, y jugar al despiste, a la demagogia, a los líderes del sector, a los triunfadores emprendedores de actitud positiva… Espléndido, de verdad que sí. A poner la mano a fin de mes y a vivir la vida. Ole sus huevos, y sus masters y sus dotes de mando y sus loquefueran, yo sólo era un desarrollador indocumentado cuyo absurdo objetivo en la vida era llegar al punto de alienación cero. Ellos eran todo un modelo de negocio y yo un simple recurso humano.

    Pero la gran ecuación de su modelo de negocio tenía un “pequeño” inconveniente: generaba un resto de mierda. Mierda en grandes cantidades. Y toda la jerarquía, las estructuras internas, los contratos y los canales de comunicación formaban una gran red de alcantarillas que inexorablemente canalizaba hasta la última gota de mierda a mi mesa. Además la red tenía una doble función: también canalizaba hasta el último euro de beneficios a sus salarios. Sublime. Sabían construir semejante monstruo y luego no tenían cojones de hacer un miserable workflow. Debía ser una especie de sabiduría hereditaria, instintiva, como la de las termitas o las ratas.

    ¿Qué había hecho yo? ¿Era mi karma? En tal caso yo en otra vida había el mismísimo Keops y ahora estaba pagando por los cien mil esclavos. Aquello no podía seguir así, tenía que hacer algo. Pensé en irme a vivir a la India y pasarme el día meditando. Pero no, al final tendría que buscar trabajo y seguro que me acababa comiendo el Porsche v2.1.0.

    -¿Alguna cuestión, señor Fuckowski? -el gordo me sacó de mis elucubraciones.

    -Pues si. Faltan sólo cuatro semanas para el nuevo año fiscal. Cuatro semanas son a todas luces insuficientes, teniendo en cuenta que hay que empezar de cero. Me gustaría…

    Todos me miraron sorprendidos. Yo, por alguna razón, me quedé en blanco.

    -¿Empezar de cero? Usted es un experto en programación orientada a objetos, señor Fuckowski, ¿nos está diciendo que no va a ser capaz de reutilizar estos componentes?

    No tenía fuerzas. No había dormido y había abusado del café. Era demasiada presión. Sólo pude decir:

    -¿Componentes? Pero… ¿¿Vosotros que veis aquí??

    Me miraban de forma extraña. Me pitaban los oídos. El tiempo parecía haberse parado. Todo era amenazante. Me vino a la cabeza un pasaje de 1984: ¿Cuántos dedos ves aquí, Winston? ¿Cuatro? ¿Y si el partido dice que son cinco…?

    Ellos dijeron:

    -WorkMatrix.

    Y, finalmente, noté como algo en mi interior se rompía. Probablemente fuera el esfínter.

    -Tengo que salir un momento. Disculpen. -dije.

    Me levanté y anduve hasta la puerta, en la que estrellé mi nariz. Luego la abrí y salí al pasillo. Me apoyé en el depósito de agua. Estaba hiperventilando. Sudaba. Sentía pánico. Corrí al cuarto de baño, abrí el grifo del lavabo y metí la cabeza debajo. Cuando la levanté, vi mi imagen reflejada en el espejo. Me había convertido en un monstruo deforme. Me acordé de Abre los ojos y grité: ¡¡¡QUE ALGUIEN ME DIGA LA VERDAD, JODER!!!

    Caí hacia atrás y me golpeé la cabeza. Entonces comprendí la verdad. Yo era un monstruo. Un monstruo defectuoso, envidioso y resentido. Quería ver huevos donde había un WorkMatrix, porque quería sentir desprecio por ellos. Yo estaba enamorado de Ivon y por eso prefería pensar que follaba poco. Por celos. Yo quería haber estado a su altura, quería haber ido a EEUU a que me pusieran una polla de oro.

    IV.

    Decidí salir a tomar el aire y digerir mi nueva realidad. Ahora todo iba a ser más fácil. Me situé frente a la puerta del ascensor. Podía ver mi imagen borrosa reflejada en ella. Corbata, camisa blanca, tarjeta de identificación. Si no fuese por la abundante sangre en mi camisa parecería un feliz Minglanillas.

    El ascensor se abrió ante mí. Dentro iban un electricista y una limpiadora. Me miraron con los ojos como platos. Ella tenía una escoba en la mano, no metida por el culo. Así era mejor. El electricista se dirigió a mí.

    -Vaya, ¿Cuál es tu problema?
    -Me sobran huevos.

    Se rieron. La limpiadora le dijo al electricista:

    -A que no sabes lo que he visto hace cinco minutos. Un montón de capullos aplaudiendo alrededor de un cartón de huevos.

    -¡Irían a hacer una tortilla! -dijo él, y se rieron a carcajadas.

    Tuve un orgasmo espiritual. Qué simple. Qué fácil. Los huevos son huevos. Dios, qué personas tan bellas. Esas risas sonaban a risas de verdad. Ellos eran de verdad. Comían, se reían, cagaban. Estoy seguro de que Ivon no cagaba nunca.

    En mi cabeza sonó la banda sonora de 2001, Así habló Zaratustra. Sonaban trompetas. Por detrás del horizonte asomaba lentamente un huevo. Brillaba como el sol. Yo estaba dentro, renaciendo.

    El ascensor llegó a la primera planta y se abrieron las puertas. Quería abrazar a esas personas, besarlas, fundirme con ellas. El electricista tenía barba y me daba grima, así que me arrodillé, cogí la mano de la limpiadora, la besé, extendí mi mano libre hacia la puerta y dije:

    -Después de usted, milady.

    Se rió y salio. El electricista me miro raro. Dije:

    -Milord…

    Salió también. Las puertas se cerraron. El eco de sus risas aún resonaba en mis oídos. Esa era la diferencia. Ellos se reían. Yo ya sabía lo que hacer. Subí a la segunda planta. Iba a volver a mi pesadilla, pero renacido.

    Crucé el pasillo pero no entré a la reunión. Fui directo a mi mesa, abrí Word, y escribí:

    Fuckowski. Memorias de un programador.

    La delgada línea marrón

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 18 de Octubre de 2004

    I.

    Existe una línea marrón que divide a la humanidad en dos grandes grupos: aquellos que nacen por encima de la línea de flotación y tienen una vida, y los que nacemos hundidos en la mierda y tenemos que darnos de hostias por salir a respirar.

    Hay varios factores que determinan en qué lado de la línea se nace. El primer factor es el apellido. No es lo mismo llamarse Fuckowski a secas que Borja Pijoski Sáez de la Minglanilla. Eso marca mucho, confiere estilo. Vende.

    Luego también cuenta el nacer en la capital de capitales, en una casa totalmente pagada, zona residencial Verde que te quiero verde (verde dólar, verdes prados) e ir en autobús privado al Colegio Mayor Santísimos Hermanos Pomposos en lugar de nacer en una capital de provincias, entre cuatro paredes con doble hipoteca en la Barriada del Perro Muerto e ir andandito al Instituto de Bachillerato Sálvese quien Pueda.

    Pijoski y yo nos conocimos en verano. Sus familia había comprado un chalet en mi ciudad, en primera línea de playa, para pasar allí quince días al año.

    Yo había aprobado la selectividad con buena nota y me había matriculado de Ingeniería Técnica en Pito del Sereno, aunque no estaba precisamente de vacaciones. Por las mañanas cogía la bici y me iba a un curso intensivo de inglés (en el Sálvese Quien Pueda el nivel estaba muy por debajo de la línea de flotación), y luego le daba clases particulares de matemáticas a un enano violento e hiperactivo por cien duros la hora, para poder pagarme las cervecitas. Luego me iba a la playa. Pijoski había suspendido todo el COU, pero se había sacado el carné de conducir y le habían comprado un Golf. Cada vez que me invitaba a un café pagaba con un billete de cinco mil, nuevecito. Luego metía la vuelta en la cartera de piel, que dejaba junto al teléfono móvil y las llaves del Golf.

    -El Golf viene con aire acondicionado de serie -decía.

    Solíamos pasar las tardes cerveza en mano, charlando sobre el futuro.

    -No quiero que se acabe el verano, pero el enano me tiene hasta los cojones, tío. ¡Qué ganas de perderlo de vista! Además estoy deseando empezar la facultad. Tiene que ser alucinante… se acabó empaparse de teoría absurda, ahora todo el día entre ordenadores, dando las clases con proyectores en 3D… ¡seguro que hay androides experimentales andando por los pasillos!

    Pero qué gilipollas se puede llegar a ser. Si me hubiesen contado el atracón de tiza y fotocopias que me esperaba, no me lo hubiera creído.

    -Yo me voy a cambiar de colegio, en éste no me va bien. No me gusta como dan las clases, ¿sabes?. Mi padre me ha metido en el San Cipriano. Me ha dicho que me relaje este verano, pero que el curso que viene no puedo fallar. Le ha costado la matrícula cuatrocientas mil pelas…

    El verano siguiente yo sufría el desgarro esfinteriano típico del primer año de carrera, y Pijoski había aprobado COU con sobresaliente. Ya estaba matriculado de Economía en la Universidad de Fausto. Yo no me explicaba como había ocurrido el milagro. Parecía efectivo eso de prenderle cuatrocientas mil velas a San Cipriano.

    II.

    Aquel verano no fue muy diferente para Pijoski. Iba y venía con su Golf estrenando billetes de cinco mil. Yo seguía yendo en bici a clases intensivas de inglés, y enseñando trigonometría a otro enano, exactamente igual de insoportable que el anterior. Por las tardes me ahogaba entre circuitos de alterna e integración en dos variables.

    Una día, un amigo que curraba en un almacén me contó que al sábado siguiente tenía que hacer un extra, pero que no podía. Necesitaba un sustituto así que había pensado en mí. El trabajo era fácil: venía un camión de cervezas y había que descargarlo. Mil pelas por hora, cinco horas, y sólo le tenía que dar a mi amigo cien duros por la consultoría. Eso eran casi dos semanas menos aguantando al enano.

    Así que allí estaba yo, el sábado a las seis de la mañana, en la puerta del almacén. A la media hora llegó el camión, que resultó ser de largo como un tren. Las cajas de cerveza eran enormes. En total habría unas ochocientas mil, y parecían estar soldadas unas a otras formando una especie de gran muralla china. Intenté levantar la primera pero no quería moverse. Lo intenté de nuevo y empecé a sudar. De pronto me acordé del enano. Me parecía una adorable criatura. ¿Estaría bien? ¿Tendría alguna duda sobre trigonometría? ¿Y si me echaba de menos?

    Cuando llevaba veinte cajas me di cuenta de que en realidad toda mi vida había querido dedicarme a la enseñanza. Pensé que lo mejor que podía hacer era salir corriendo de allí en ese mismo instante e ir a matricularme en magisterio.

    A las doce había acabado con las cervezas. Mil botellas. Estaba tan exhausto que podía sentir perfectamente el peso de mis cojones, y me parecía insoportable. Pensaba en amputármelos cuando el jefe de almacén me dijo:

    -Bueno, vamos a lo de la promoción.

    Resulta que había una promoción veraniega: Encuentra tu Chipiklander. Cada botella de cerveza tenía que llevar una anilla de plástico al cuello con un número, y para cada número había una tarjeta con un premio. Me dieron una bolsa enorme con mil tarjetas y otra con mil anillas. Tenía que coger una tarjeta, comprobar el premio, contabilizarlo en una lista, buscar la anilla correspondiente, y acoplarla a una botella con unos alicates especiales. Al menos ese trabajo podía hacerlo sentado. No tendría que amputarme los cojones.

    A las tres de la tarde había terminado. Contabilicé novecientos “sigue buscando”, cincuenta “cerveza gratis”, cuarenta y ocho “rasca para ganar una gorra con ventilador”, y un Chipiklander. Faltaba un par tarjeta/anilla. Pensaba que iba a cobrar nueve horas, pero el jefe me dijo “Ahí van tus cinco mil”, y me regaló la cerveza que se había quedado sin anilla. No me quedaban fuerzas para protestar así que me callé, cogí la bici y me fui a la playa, deje la cerveza en la arena y me morí en la toalla.

    Pijoski apareció al rato.

    -Chaval, que se te va a calentar la Nuremberg.

    Joder. Hasta ahora no había reparado en la marca. Parece que cuando se manejan las cosas de cerca se le pasan a uno ciertos aspectos superficiales.

    -Ahora vienen con una anilla, ¿no? Dicen que te puede tocar un reproductor de DVD.

    -No, no vienen con ellas, lo cierto es que hay que ponérselas. Creo que de DVD nada, de cada mil cervezas novecientas no tienen premio, cincuenta tienen cerveza gratis, cuarenta y ocho rascas a ver si te toca una gorra, y una tiene un Chipiklander. La que sobra siempre se la regalan a algún gilipollas.

    -Hala chaval, que control, ¿no? ¿Estás estudiando marketing?

    Era un buen tío, es sólo que no tenia ni idea de dónde salían las cosas ni de lo que costaban. Para él los coches nuevos venían con aire acondicionado, no se lo instalaban individuos de manos callosas y grasientas en alguna oscura cadena de producción. Para él los billetes de cinco mil venían con la cartera, no significaban cien cajas de cerveza bajo el abrasador sol de Agosto un sábado al mediodía. La Nuremberg ahora venía con anilla. Para él las cosas nacían en los escaparates. Él siempre solía hablar de todo con la misma ligereza. No sabía lo que pesaba una caja de cerveza.

    -¿Sabes? El último año de carrera lo hago en Londres, y salgo licenciado y con Master en Dirección de Empresas -me contó.

    -¿Y luego qué vas a hacer?

    -Pues buscar un puesto de director…

    Así de fácil. Desde niño me había resultado intrigante el concepto de director. Recordaba haber ido con mis padres a algún concierto clásico. Unos doscientos tíos sudaban la gota gorda con sus violines, sus contrabajos, sus trombones, y luego un tío de pie, sonriente con su traje impoluto, meneaba un palo. No entendía que clase de instrumento era ése. Una vez le pregunté a mi padre:

    -Papá, ¿el palo suena como la flauta?

    -El palo no suena, hijo. Se llama batuta y es para dirigir. Indica a los demás lo que tienen que hacer -me contestó.

    Yo no podía entenderlo. A mí me parecía que los demás estaban pendientes cada uno de sus papeles. ¿Y qué pasaba si al del palo le daba un yuyu y se caía al suelo? Intentaba imaginarme a los músicos de pronto mirándose unos a otros confusos, preocupados, sin saber muy bien qué hacer, sufriendo la ausencia del palo de dirigir. Veinte años después aun me sigo haciendo la misma pregunta. Pero he aprendido que, a veces, el palo sí que suena como la flauta. Por casualidad.

    III.

    Pasó el tiempo y ya no nos vimos tanto. Yo compaginaba la carrera con un puesto de programador en una empresa líder en el sector, donde me mataba a currar y cobraba una mierda. Nos pagaban bastante menos que a los que trabajaban en la gran capital exactamente en el mismo puesto. Los gerentes siempre nos recordaban que “nosotros teníamos la playa”. Parece ser que la playa la pagaba la empresa y nos la deducían del salario. Mis veranos solían venir con segundas y terceras matrículas así que la playa la tenía de fondo de pantalla.

    Un día de navidad Pijoski me llamó desde Londres:

    -¡Feliz Navidad, chaval!

    -Igualmente, ¿qué tal por allí?

    -Alucinante, tío. ¡Te tienes que venir! ¿Por qué no te escapas una semanita?

    -Estaría bien… si sobrevivo a los exámenes de Febrero, intentaré tomarme unas vacaciones.

    Con kilos de vaselina conseguí sobrevivir, así que me fui una semana a Londres. Me quedaba en la habitación de Pijoski en la Saint Posh Students Residence al lado de la Royal Monkey Business School. Pijoski no tenía vacaciones, simplemente no iba a ir a clase en toda la semana. Luego tenía exámenes.

    -¿Y cuándo vas a prepararte los exámenes? -le pregunté.

    -Bueno, en realidad casi todo son trabajos de investigación. Nos vamos al aula de Internet, nos bajamos cualquier cosa, lo cambiamos un poco y lo presentamos.

    Vaya, ¿y esto era un Master en Dirección de Empresas? No quería ni imaginarme cuántas velas había tenido que poner esta vez.

    Lo primero que hicimos fue emborracharnos. Como cada viernes, la Royal Monkey organizaba una fiesta en uno de los amplios locales de la facultad, y allí que nos fuimos. Aquello estaba lleno de Pijoskis. Niños muy ricos que hablaban un inglés muy pobre y que acabarían moviendo la batuta en alguna parte.

    Estábamos tomando unas pintas en una gran mesa de madera. Pijoski le enseñaba su portátil nuevo a un chaval que lucía un reloj de oro mas o menos del tamaño de un donut.

    -Me lo compré la semana pasada cuando me llegó la transferencia. Viene con BlueTooth.

    -Pues yo ahora al mío le he comprado el Windows XP, que viene con mp3.

    El del donut tampoco había levantado nunca una caja de cerveza. Y el caso es que le mirabas y no parecía tonto. Yo creo que debía ser por el reloj.

    -Tengo una asignatura de informática, ¿sabes? -me dijo Pijoski

    -¡Vaya! ¿Y que os enseñan?

    -Un poco de todo.

    -Yo ahora estoy liado con Java -le comenté.

    -Ah, Java está muy bien, ahora viene con correo electrónico de serie…

    -¿¿Qué?? Ah, ¿te refieres a JavaMail? Bueno, ahora es que lo han integrado en la API del J2EE, pero hace mucho que está disponible como paquete que podías descargar.

    -Hala chaval, que control, ¿no?

    Normal. Me había descargado ya varios camiones de JavaMail. Apareció una alemana rubia, una preciosidad que más que andar parecía deslizarse sobre el suelo, saludó y se sentó con nosotros. Se dirigió a mí:

    -You are new here, aren’t you?

    -Yep, just visiting. I’ll be gone in one week.

    -Hala chaval, que control, ¿no? -empezaba a cansarme de la misma cantinela.

    -Tu has estado en Estados Unidos, ¿no? -me preguntó el del donut.

    -Si, muchas veces. Iba en bici.

    En fin. Desconecté un poco del chaval del donut de oro y me dedique a charlar con la alemana. Reímos y bebimos y charlamos largo rato. Me gustaba la chavala. Era guapa e inteligente, y conectábamos bien. Pijoski me soltó:

    -Chaval, esta piba me mola hace tiempo, ¿sabes? ¿Por qué no la convences para que se venga a la habitación esta noche?

    -Pero tío, ¿quieres que te haga de mamporrero, o qué?

    -Venga chaval, es que tu controlas más inglés…

    Seguí conversando con la rubia y acabamos los tres en la habitación. Pijoski encendió unas velas e intentó poner música en el portátil, pero no pudo.

    -¿Le puedes echar un ojo a lo del mp3, tú que controlas?

    Realmente me estaba cansando del tema del control. Parece que en el mundo era mejor ser inútil, te quedaba más tiempo libre. Cogí el portátil, que tenía uno de esos temas de escritorio de letra gótica amarilla sobre fondo psicotrópico diseñado para fundir la retina. Hice doble clic sobre un mp3, y en vez del típico reloj de arena el puntero del ratón mostró una animación de toda la batalla de Troya. Luego se abrió el Notepad y me enseñó las tripas del fichero mp3.

    Ya casi lo tenía arreglado cuando me cayó encima un calcetín. Pijoski y la alemana se revolcaban sobre la cama.

    -Eso ya está -dije-, me voy a dar una vuelta, ¿vale?

    Pijoski me guiñó un ojo.

    -Me ha tocado premio, chaval…

    Sí, y yo a rascarme la polla a ver si me tocaba una gorra con ventilador. Me preguntaba por qué. ¿Así de sencillo? Yo controlaba. Otro se llevaba el revolcón. Pero claro, aquel revolcón a mí no me pertenecía. Yo era un visitante, un intruso. Él siempre había estado allí, pertenecía a aquel sitio y aquel sitio le pertenecía a él. Había nacido por encima de la línea. Salí en silencio de la habitación, cerrando tras de mí la puerta marrón, y me hundí de nuevo en la mierda. Al menos ya sabía lo que era un Chipiklander.

    IV.

    Volví a mi carrera y a mi cubículo en la empresa líder en el sector que compraba playas para sus empleados. Me subieron muy poco el sueldo y muy mucho la responsabilidad. Me dedicaba a proyectos internacionales así que viajaba continuamente. Fumaba mucho, me administraba café por la vía intravenosa y una navidad la empresa me regaló un paraguas. En Agosto quedó una vacante de Gerente de Cuentas Internacionales; alguien había tenido una crisis de stress y había decidido dedicarse a la cría del berberecho. Me fui de vacaciones, sabiendo que a la vuelta me darían el puesto. Me pasé una semana tirado en la playa. Lo había conseguido. Se acabó bucear en la mierda.

    El uno de septiembre volví al trabajo. Revisé el correo electrónico atrasado: casi todo consultas del consultor. Claro, tenía sentido. ¿Qué versión de JavaMail estamos usando? Joder, no me acuerdo. Me conozco el paquete clase por clase y método por método. Pero se me ha vuelto a olvidar la marca de la cerveza.

    El último correo era una grata sorpresa: “Hoy se incorpora a la compañía, en el puesto de Gerente de Cuentas Internacionales, Borja Pijoski Sáez de la Minglanilla. Cuenta con amplia experiencia en dirección, está especializado en consultoría de Java y es bilingüe. Su despacho es el 205, no dudéis en pasar a darle la bienvenida…”

    Cielos. ¿Habría vuelto a obrar San Cipriano? Me encaminé a su despacho. En la puerta había una placa dorada: “Señor Pijoski”, subrayado con una línea marrón.

    Respiré hondo y golpeé tres veces sobre la puerta. Me iba a alegrar de verle pero sabia lo que me esperaba:

    -Hala chaval, ¿¡pero que haces tu aquí!?

    -Pues lo de siempre. Descargar camiones y hacer de mamporrero para que tú te lleves el Chipiklander.

    El blues del minuto

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 14 de Octubre de 2004

    Hola amigos. Hoy analizaremos otro método recurrente de escaqueo y ocultación de incompetencia utilizado por ese personal altamente cualificado con amplia experiencia en [pon aquí lo que quieras] y que al final resulta no saber hacer la O con un canuto, pero que se las apaña para sobrevivir con una técnica parecida al ataque del salchichón, pero a la inversa: la técnica del ¿Tienes un minuto? Minuto en el que siempre preguntan exactamente aquello que les pagan por saber.

    Veamos una historia basada en hechos reales:

    Anuncio en el periódico: “Director de orquesta líder en el sector precisa de cuatro instrumentistas senior (bajo, guitarra, percusión, armónica) y un técnico de soporte, para proyecto de blues. Contrato hasta fin de obra. Salario acorde con la experiencia aportada”.

    El día de las entrevistas somos cinco seleccionados en la sala de espera: un individuo calvorota con un piercing en una ceja y una camiseta de Andy Warhol, una chavala con mirada de lechuza que no para de chasquear los dedos solfeando un tres por cuatro, un menda con cresta de pollo que sostiene en sus manos un libro titulado “un acercamiento progresivo a la teoría de escalas filostras desde la perspectiva clásica”, y otro colega pelirrojo con una sudadera de “Johnny K. Rebusqued” con la portada de su LP “Petulantic Forlayos”, conocido mundialmente en su casa a la hora de comer. Y ahí estoy yo con mi guitarra semi-acústica semi-cascada pensando: “vaya, doce años tocando en grupos y ni se quién es el Rebusqued, ni entiendo de escalas filostras, ni sabía que hubiese blues a 3/4. Estos tíos deben de ser el no va más”

    Después de un buen rato aparece el director de orquesta, con su pajarita, su resplandeciente batuta y su sonrisa de bienvenida. Da unos golpecitos de batuta en la mesa y nos habla:
    -Buenos días y, ante todo, gracias por su asistencia. Somos una orquesta líder en el sector y necesitamos jóvenes talentos para desarrollar este proyecto…

    Total que nos suelta todo el rollo. Hay que grabar un blues que se va a presentar a un concurso. Lo ha compuesto gratuitamente un estudiante de música, como proyecto de fin de carrera. A cada uno le dan su partitura y se graba en un día, se cobra por horas y hasta luego Lucas. Todo lo que se grabe es propiedad de la orquesta, nosotros cedemos cualquier derecho. Si la pieza gana algún premio o genera cualquier tipo de beneficio, no nos llevamos nada. Lo de siempre.

    Nos entrega la partitura completa para que nos familiaricemos con el proyecto. Las hojas van pasando de mano en mano. Todos sonríen, asienten maravillados, comentan cosas. Yo me quedo ahí preguntándome que quién coño es “la orquesta”, porque si la orquesta es la que se lleva los beneficios y nosotros que somos los músicos no nos llevamos nada, sólo me queda el espabilado de la batuta.

    Le echo un ojo a la partitura. Un blues en Do mayor de un minuto de duración, bastante resultón, por supuesto a 4/4 y de doce compases. El chaval del PFC ha hecho un buen trabajo, lástima que no le vayan a pagar nada.

    Al rato el batuta nos dice que le hablemos un poco de nuestra carrera profesional y nuestra impresión acerca del proyecto. Primero le toca al calvorota Warhol:

    -Llevo ya seis años como guitarrista profesional, toco con una Ortopedic Copón X25 de traste dorado y amplificador Klander Marsh de respuesta plana, utilizo metodologías hindúes de calentamiento metacarpiano y creo que mi experiencia puede aportar gran valor al proyecto, que me parece de gran calidad -comenta el tío. La hostia.

    La siguiente es la lechuza del 3/4:

    -Yo estoy terminando un master en percusión por la prestigiosa escuela Endiñaqui Billetonis for Star-Wannabes, y estoy realizando una investigación sobre los valses de Strauss. Estoy segura de que mis influencias clásicas pueden aportar gran valor a este proyecto.

    Vaya, estudiar en profundidad a Strauss debe ser apasionante, quien tuviera un kilito suelto y un año libre para matricularse en la escuela esa… lo que todavía no me explico es cómo se fusiona un vals, que va a 3/4 que yo sepa, con un blues a 4/4. Ya veo que me falta mucho por aprender.

    Turno del cresta de pollo:

    -Mi experiencia asciende a cuatro años como bajista profesional. Me interesan y practico todo tipo de estilos. En la actualidad estoy trabajando en las novedosas escalas filostras, y creo que mi trabajo puede aportar una nota de frescura y modernidad al proyecto, ya de por sí bastante interesante.

    Le toca al de la sudadera del tal Rebusqued:

    -Yo hace cinco años descubrí a Johnny K. Rebusqued y desde entonces no he dejado de tocar la armónica. Mi estilo actual está muy influenciado por esa obra maestra que es Petulantic Forlayos, y creo que puedo dar un toque Rebusqued al proyecto que aportará gran valor.

    Nota mental: tengo que comprarme ese LP. Finalmente me toca a mí:

    -Yo llevo doce años tocando en grupos, al principio empecé con la batería pero más tarde me decidí por la guitarra. Ahora toco en un grupo de blues con unos amigos, a veces hago de bajista y a ratos toco la armónica. El tema a grabar me parece bastante bueno, creo que con unos cuantos arreglos y un buen solo puede quedar muy bien. No tengo experiencia profesional pero espero que este proyecto me permita introducirme en el mundo de la música, así que aceptaría cualquiera de los roles que ofrecen pues me considero capacitado. He traído mi guitarra y mi armónica para hacer una pequeña demo si no le importa…

    -Adelante, por favor -me dice el batuta.

    Me siento bastante cohibido ante semejantes profesionales, pero me armo de valor y me coloco la sujeción de la armónica, afino un poco mejor la semi-acústica, me pongo el tubo de metal en el meñique y me lanzo a por una versión rápida del “You shook me”. Me sale bastante bien la cosa, el ritmo bien marcado entre guitarra y armónica, intercalando frases agudas muy inspiradas y me improviso un solo más que decente. Acabo con una pentatónica rápida a la vez con la armónica y la guitarra que no creo que pueda volver a repetir.

    El batuta me mira y cuando está a punto de decir algo habla el calvo:

    -No está mal aunque un poco de calentamiento hindú te hubiera ayudado, y además el sonido no tiene comparación con el de una Ortopedic Copón…

    -Sí, y un aroma de vals le habría dado un toque clásico inigualable -añade lechuza.

    -Ese solo bastante apañado, pero usando una escala cromática filostra habrías conseguido mucho mas feeling -dice pollo.

    -Me ha recordado al “Oportunistic blues for a commercial movie”, segundo corte de la cara B de esa obra maestra, “Petulantic Forlayos”, en ese tema sí que hay buenos solos de armónica -termina el Rebusqued.

    Vaya hombre. Y yo que pensaba que me había lucido. Esto de la música no va a ser lo mío, visto lo visto. El batuta nos agradece la asistencia y nos dice que la orquesta se pondrá en contacto con nosotros.

    A la semana siguiente recibo una carta de la dichosa orquesta: Estimado Sr. Fuckowski, nos es grato comunicarle que ha sido seleccionado para el puesto “técnico de soporte” en el proyecto “blues”, cuya grabación se llevará a cabo el día 22 del presente mes… En fin, me pagarán bastante menos que a los músicos pero tendré la oportunidad de aprender mucho.

    El día 22 llego media hora tarde al estudio de grabación porque la bici no me arrancaba. Batuta, Lechuza, Calvo, Pollo y Petulantic están allí. Me pongo a conectar cables y enchufar amplificadores como un loco, mientras el calvo está sentado en la postura del loto golpeándose rítmicamente la palma de una mano con los dedos de la otra, dando de vez en cuando una palmada sobre su cabeza para después cambiar de mano y vuelta a empezar. El calentamiento hindú es de un rollito un poco gay, pero debe ser la repera por la cara que pone el tío. Lechuza está solfeando un 3/4 con la mano izquierda mientras en la derecha sostiene una partitura de Strauss. Pollo está inmerso en su acercamiento progresivo a las escalas filostras y Petulantic lleva la misma sudadera y escucha algo en su iPod. ¿A que adivino lo que es?

    Me pego tres horas de curro mientras los demás siguen a su rollo. Cableado listo, sonido probado, todos en sus puestos y las partituras repartidas. Cada uno con su instrumento afinado y con sus auriculares colocados. Batuta se va al piso de arriba, se mete en la sala de mezclas y nos habla por el micro:

    -Muy bien señores, grabaremos por separado. Comenzaremos por la percusión. ¡GRABANDO!

    Suena la claqueta que da el un, dos, tres, y… Lechuza se pone nerviosa y arranca con algo que bien podría ser el Danubio Azul. Se para y golpea fuerte la caja como cabreada.

    -No se preocupe, usted siga que luego cortaremos lo que no valga -dice batuta por el micro.

    La chiquilla mueve las baquetas nerviosa, sin golpear la batería. Me mira y me dice:

    -Soporte, ¿Tienes un minuto? Siéntate a la batería y dame un 4/4 para coger el ritmo, ¿te importa?

    -¿Ehh? no, vale

    Me siento, miro a la partitura y empiezo a interpretar el blues. Me gusta como va sonando y la toco entera.

    -ESTA HA VALIDO, VAMOS A POR EL BAJO -dice batuta por el micro.

    La lechuza sonríe y se da el piro. Aquí ha habido un lamentable error. Suena la claqueta seguida de la batería que yo he grabado. El bajista ya está tocando un nosequécosa que no pega ni con cola, pero con los ojos cerrados y una cara de concentración y placer tal que si interpretara perfectamente a Paganini. De pronto se para.

    -Wow, esto va a ser la ostia, a ver si lo encajo. ¡Para y dame otra vez la entrada en diez segundos! Soporte, ¿tienes un minuto? Coge el bajo y márcate una base de blues normalita y yo decido que escala filostra se adapta mejor.

    -¿Eh? Bueno, vale.

    Dan la claqueta y me marco la base de blues mientras el pollo hace extraños dibujos en el aire con su dedo índice.

    -¡VALE EL BAJO, VAMOS A LA GUITARRA! -se oye. El pollo saca un Malboro y se larga.

    No, no, no. Espera. ¿Esto que coño es? ¿Pues no que estoy haciendo yo todo el curro? Voy directo a la escalera pero se oye la claqueta, empieza a sonar lo grabado y resulta que el de la Ortopedic Copón pone el acorde de Do, y la puñetera guitarrita suena de puta madre. Algo es algo. A la de cuatro compases, cuando el calvo tiene que cambiar a Fa sétima, pone los dedos en una posición rara y no suena nada. La hostia, ¡¡este tío no sabe poner un Fa!!

    -Corta corta. Esto no va -dice el calvo-. Soporte, ¿Tienes un minuto? Este Fa no me convence, no va aquí ni con cola, ¿tú que dices?

    -¿QUEEEEE? ¿Cómo que no va ni con cola? A ver, si es un blues en Do, ¡¡tendrás que cambiar a Fa!! -le suelto, irritado.

    -No necesariamente. Yo siempre he estado en contra de los acordes en Fa. De hecho creo que están sobrevalorados. El Fa ya ha tenido sus veinte minutos de fama y debe desaparecer.

    -¿Pero tú alucinas? ¿¿Quieres quitarle una nota a la escala?? ¡¡DADME LA PUTA ENTRADA!!

    Le arranco la Copón Bendito de las manos, suena la claqueta y toco el blues. Ya se lo que va a pasar, pero necesito demostrarme a mi mismo que el calvo Warhol está delirando o algo.

    -¡¡VALE GUITARRA!! ARMONICA Y YA HEMOS TERMINADO…

    Ya puestos, ¿por qué no? Ahora cuando salga el batuta me va a oír. Se va a enterar de lo que está pasando aquí. Estos parias van a ir a la puta calle y me van a pagar a mí todos los cheques. Vamos hombre. Me voy directo al Petulantic y le suelto:

    -Mira compadre, antes de que me digas lo del minuto, ¿tu sabes tocar la puta armónica?

    Me mira con la cara de terror de un mal viaje de tripi:

    -Pueeeees, ¿¿¡¡no mucho!!??

    -¡¡PUES ANDANDO A FUMARTE UN FORLAYO Y ME DAS LA ARMONIQUITA!!

    Ipso facto. Dan la entrada. Arresoplo la armónica y me improviso el blues del pito del sereno.

    -VALE ARMÓNICA. ¡BRAVO, BRAVÍSIMO!. ESTO SE TERMINÓ, MUCHAS GRACIAS. ENSEGUIDA ESTOY AHÍ -se oye cerrar el micro.

    Cuando batuta baja la escalera a mí ya me sale humo de los cuernos.

    -¡¡Esto es una mierda intolerable!! ¡¡Me he cargado yo TODO EL CURRO!! ¡¡QUIERO HASTA EL ULTIMO CÉNTIMO Y A ESTOS TIOS NI AGUA!!

    -¿¿Cómo?? ¿¿Esta usted cuestionando a mis músicos?? -me pregunta batuta con cara de espanto.

    Claro, si se demuestra que se le han colado cuatro pardillos, queda como un gilipollas. Además el tío ya tiene su grabación y lo demás le da igual.

    -¡Eso, eso! -dice Petulantic- ¡Que te crees tu que te vas a quedar con mi dinero!

    -Pero coño, ¡¡Si lo he hecho yo todo!!

    -Hala chaval, relájate que te crees muy listo -interviene pollo-, que tú lo único que has hecho aquí es dar soporte.

    -¿Pero que soporte ni que hostias? -miro al calvo- A ver, ¿no me has pedido que toque yo tu instrumento?

    -Bueno sí chaval, pero sólo ha sido un minuto….

    -¡¡Joder pues claro que ha sido un minuto!! ¡¡Como que no hacía falta más que eso para hacer tu trabajo, y te has pegado ahí tres horas mareando la perdiz con la mierda esa hindú!! ¡¡Y NO SABES PONER UN PUTO ACORDE “FA”!!

    -Ya, pero eso es porque yo no quiero. Son acordes muy lentos.

    -¿EHHH? Serán lentos hasta que aprendas a hacerlos bien, ¿no?

    -Mira chaval, yo no pienso aprender esos acordes porque no me da la gana, ¿entiendes? Además sin saber poner Fa yo consigo muchos mas empleos que tú…

    -Joder, ¡porque siempre tendrás a algún pringado como yo que te haga el trabajo!

    Lechuza se une a la fiesta:

    -A mi lo que me parece es que tú de compañerismo y trabajo en equipo andas muy mal.

    -¡Anda coño! ¿El trabajo en equipo es hacer el trabajo de todo el equipo?

    La termina de rematar el batuta:

    -Parece usted un niño llorando porque no le dan de mamar.

    Los demás se envalentonaron y ya me dieron la del pulpo:

    -Es que éstos técnicos de soporte son todos artistas frustrados.

    -Sí, que lo ha hecho todo él, dice.. ¡se creerá Mike Oldfield!

    -Claro, no tienen estudios superiores, y pasa lo que pasa, que van por ahí creyendo que lo saben todo…

    Su puta madre. Me siento impotente, como si me hundiese en un mar de mierda. Como no me espabile me la cuelan por la escuadra.

    -A ver, solo pido una cosa. Dale a la batuta y a la de tres, que interpreten de nuevo la pieza. Todos a la vez. Si suena igual, cada uno se lleva su cheque y santas pascuas.

    -Bien, démosle el caprichito al niño antes de que le de la pataleta.

    El batuta levanta la ídem. Y una, y dos, y tres….

    Aquello sonó mas o menos como si a un cerdo le estuvieran quemando los cojones con un soplete. Durante un interminable minuto todo fue agonía y lamento y depresión y suicidio y gritos del cerdo castrado a fuego. Luego se hizo el silencio.

    Batuta me miró y me espetó:

    -Pues no, no ha sonado igual, ¡ha sonado mil veces mejor! ¡Una lástima que no estuviésemos grabando! Tendremos que conformarnos con la grabación anterior…

    Pues nada, que me fui de allí con mi cheque de cien euros. Ahora llevo una mancha en mi expediente, pero al menos me quedé a gusto.

    Titulares del día siguiente:

    PRESTIGIOSO DIRECTOR DE ORQUESTA ACUDE A URGENCIAS CON UNA BATUTA INCRUSTADA EN EL RECTO.
    Se necesita intervención quirúrgica y sesenta puntos de sutura para retirarla.
    “Ha sido un técnico de soporte” -repetía-, “todo sucedió en apenas un minuto”.

    Workflow de una tormenta de mierda

    Archivado en Fuckowski, memorias de un ingeniero por adehoces, 7 de Octubre de 2004

    “Plantad la semilla de la avaricia en la infértil tierra de la estupidez y obtendreis la bella flor de la mierda”
    (Confucio)

    Todo comienza con el delirio de grandeza de algún enano mental que siempre envidió todo aquello que no se merecía. Tal vez un complejo de inferioridad crónico, tal vez haber vivido a la sombra de un hermano mayor al que todo le fue bien, o quizás demasiada televisión. El caso es que llega un fatídico día en que nuestro enano mental, con mucho esfuerzo, obtiene una licenciatura. Ese atardecer se sube a una loma, diploma en mano, el rojo crepúsculo a sus espaldas, levanta la vista y clama al cielo:

    “¡¡A dios pongo por testigo de que algún día sere alguien!!… ¡¡A dios pongo por testigo de que algún día daré conferencias!!… ¡¡A dios pongo por testigo de que algún día tendre un armario lleno de trajes de Armani!!… ¡¡A dios pongo por testigo de que algún día, tomaré café con un presidente!!

    Entonces se produce el milagro de la metamorfosis, pero al revés. En este caso muere una frágil mariposa y nace un capullo. Demos la bienvenida a Señor Don Capullo, visionario, emprendedor, director. Una corbata, un poco de fijador, un maletín negro con cierre dorado, una escoba por el culo. Se acaba de crear un desequilibrio en el sistema: el alter ego Don Capullo comprará cosas que enano mental no podrá pagar. Y hasta que alguien se de cuenta, se crearán deudas. Deudas que los de siempre tendremos que saldar.

    Don Capullo es un tipo muy culto. Ha leído esa gran obra maestra de la literatura universal, “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Le costó algún tiempo, pero entendió el mensaje: maricón el último y el que venga detrás, que arríe.

    Don Capullo desea el queso. ¿Donde está ahora el queso? En internet. La semilla en forma de modelo de negocio ha sido plantada dentro del maletín negro; la flor de la mierda no se hará esperar. Ha nacido Smoke Solutions, ¡que empiece la función!

    Lo siguiente es montar el escenario. Se alquila alguna jaula barata en cualquier zoológico tecnológico y se registra un dominio con gancho, algo que sugiera crecimiento, valor, futuro, en definitiva “ahora somos pequeños pero en breve duplicaremos su inversión”. Se recomienda darle un toque imperial (Roma, quizá Egipto) que sugiera grandeza cultural y una pincelada anglosajona que sugiera nueva tecnología. Entelequisys, Intelectis, Sinergius, Keopsolutions, Evolucius, Netsupreme… las combinaciones son infinitas.

    Ahora se necesitan los actores. El actor ideal es aquel que realmente se cree su papel; los pollitos recien salidos del cascarón y los cuervos viejos y enfermos son los perfiles ideales. Don Capullo se rodeará de adeptos y les contará su verdad: “Yo soy el hijo del futuro, yo he visto la luz del mañana. Aquel que crea en mí hallará la vida eterna. Pero habreis de tener fé y nunca sucumbir a la tentación”. O sea, que mientras nos creamos el cuento tendremos un empleo para toda la vida (ja, ja) y si alguien alguna vez afirma “este tío no es mas que un enano mental y un farsante” le quemaremos en la hoguera. Es el demonio que se nos aparece en forma de programador listillo. Es el angel caído, que quería llegar más alto que dios.

    La historia nos muestra lo efectivo de estas estructuras basadas en el “se cambia pan y consuelo por fé ciega”. Alguna va durando ya sus dos mil años.

    Llega el día del gran estreno. Ya todos se saben sus papeles, que se repartieron en forma de Power Point, y les encantan. Aquel que compró el switch es el experto en redes inteligentes, el que arrancó el servidor el experto en desplegado de proyectos distribuidos, el que puso la “s” detrás del “http” nuestro experto en seguridad de la información, el que incluyó “encoding=UTF-8″ en el XML nuestro experto en internacionalización, y el que escribió el JSP de mil líneas sin un solo include o usebean, nuestro Java Gurú. Nervios. Se levanta en telón. El público, los posibles inversores, abarrota la sala. Se apagan las luces, se enciende el proyector. F5, ver presentación.

    Durante dos horas damos un paseo por el mañana. Automatización, inteligencia artificial, naves espaciales. Teléfonos móviles con videoconferencia holográfica en 3D. Teletransportadores dimensionales. Le posicionaremos en el futuro. Le acercaremos a sus clientes. Le alejaremos de sus competidores. Mas aún, ¡desintegraremos a sus competidores! ¡Le meteremos en la cama de sus clientes! ¡¡¡Duplicaremos, triplicaremos, MILLONIFICAREMOS SU INVERSION!!! ¿HASTA DONDE QUIERE LLEGAR?

    Fin de la función. Aplausos, lágrimas de emoción. Algunos inversores ya se frotan las manos. Se rumorea que viene de incógnito el asesor financiero de un presidente que quiere invertir parte de los fondos públicos en mejorar la calidad vida de su país, tan sólo a cambio de un paquete de acciones a nombre de su cuñado que desviará el cinco por ciento de la inversión a manos amigas en el mismo instante de la salida a bolsa (a nadie le amarga una isla en el caribe; son las pequeñas ventajillas de sacrificar altruistamente la vida de uno en pos del bienestar del pueblo).

    Rueda de preguntas. ¿De que color serán las naves espaciales? Platino con vetas doradas. ¿Que alcance tendrán los teletransportadores? De una punta a la otra del planeta en un nanosegundo combinando supercuerdas y agujeros de gusano. ¿Que autonomía tendrán los móviles holográficos? Ilimitada gracias a la fusión fría. ¿Y cómo van ustedes a hacer todo esto? pregunta alguien. Incómodo silencio.

    Los pollitos y los cuervos miran a Don Capullo, que se pone en pie con su mejor sonrisa de autocomplacencia y les habla de las sinergias, las convergencias, David y Goliath, las pirámides, Apple y el garaje de Steve Jobs, Yahoo y la furgoneta de Jerry Yang y David Filo. La semilla está ahí -señala a su maletín negro-, sólo necesita ser regada.

    Pues nada, como el que no quiere la cosa ya tenemos cincuenta milloncitos de euros en una cuenta en las islas Caimán. Ahora hay que agudizar el ingenio y empezar a trincar. Cada pellizco al saco hay que justificarlo, así que echémosle imaginación. El primer canal de desviación de fondos es el salario (ya me dirán ustedes si 8000 euros netos al mes no es un salario excesivo para una simple escoba engominada).

    Pero al salario se acostumbra uno pronto, que el mantenimiento del mercedes es costoso y los chalets en la sierra no los regalan. Hay que trincar más y mejor. Aquí se usa el sencillo método del “donete egipcio”. Saca uno los donetes (esos cincuenta milloncitos de euros en las Caiman) y le salen amigos por todas partes. Un amigo que nos hace un software, otro que nos vende unos equipos, otro que nos decora las oficinas. Luego se pone uno en postura egipcia y con la mano de arriba le acaricia el lomo al nuevo amigo mientras que con la de abajo trinca uno la comisión en negro.

    Si las comisiones se quedan cortas también puede uno comprarse directamente a sí mismo mediante empresas fantasma a nombre del primo Eustaquio. Ejemplos prácticos: proyecto de decoración de oficina (un cuadro y dos macetas), doce mil euros. Sistema de CRM (una base de datos en access hecha en una hora) cien mil euros. Suma y sigue.

    Durante un tiempo la vida es maravillosa. Se dan conferencias, se lucen trajes de Armani, se toma uno algun café con el presidente. Escapadas a la sierra, al caribe, paseos en descapotable. Ahí va un triunfador. Pero los donetes no se multiplican. Un día, a alguien le pica el bolsillo y pregunta: “¿Dónde estan mis minolles?”. Se empieza a tirar del hilo y se llega al ovillo: el maletín. Enseñe usted sus cartas, Señor Don Capullo. Abra el maletín.

    Don Capullo convoca una macro reunión. Empleados, asesores, directivos, inversores. No falta ni el primo Eustaquio. Se va a destapar la caja de Pandora. Don Capullo sube al estrado, coloca el maletín frente a un ventilador bien grande, marca la combinación, y abre.

    Todos de mierda hasta las cejas. Ruedan cabezas, llueven sanciones, denuncias. Los peor parados son los pollitos, pues se les acaba el sueño del experto-en-derivación-de-forlayos. En la próxima empresa habrá que bajarse del burro, aprender a picar y sudar tinta. Algunos nunca lo superan.

    Una vez desmontado el chiringuito y pasada la tormenta, hay que recuperar la pasta. Don Capullo se aferra al Santa Rita Rita, toda inversión es un riesgo”, y se lanza de nuevo a la búsqueda del queso, quizá en la patente de genes.

    Así que lo de siempre. Se informa a la prensa del clásico “HAY CRISIS EN EL SECTOR”, “LA ECONOMIA ENTRA EN CICLO RECESIVO”, “ETAPA DE DESCONFIANZA”, etc. Que el inversor era un banco: se bajan los salarios y se suben los intereses. Que era una telefónica: se bajan los salarios y se suben los precios de la llamada. Nos jodemos los de siempre con el chantaje de siempre: o nos apretamos el cinturón o se cierra la empresa.

    Hay un caso extremo: cuando se trata de los fondos públicos de un país y el trinque ha sido a gran escala, la flor de la mierda es regada en abundancia y finalmente da sus frutos: las cacerolas.